Cuando Esperanza Aguirre propuso a Manuel Carmona que aceptara ser alcalde de Madrid con los votos del PP, estaba tramando un segundo tamayazo, ahora denominado, como corresponde, el carmonazo frustrado.

La duquesa se atribuía competencias que la sobrepasan, pero está acostumbrada a que su partido se lo aguante. Y cualquier caso no era eso lo importante, porque tal circunstancia podría revertir en su favor de ella misma y del PP.

Hubiera bastado una duda del candidato del PSOE para haber quedado defenestrado, fuera de la competición y de la competencia. ¿Quién podría contar con él para otro empeño? ¿Podría dirigirse a él Manuela Carmena, por ejemplo, para requerir sus afectos en la investidura?

Fue una osadía de tan atrevida dama frente a un candidato derrotado y con su ego destrozado. Hay quienes mantienen que la intrepidez, al menos en  cuestiones amatorias, produce resultados imprevistos. Al menos, a primera vista. Luego habrían surgido inconvenientes, pero a esas alturas el candidato Carmona y el PSOE ya estarían descalificados.

En esa tesitura la lista más votada resultaría vencedora mediante un procedimiento que solo una arpía de la política había podido imaginar. Lo peor llegó cuando su partido ratificó las motivaciones de su proceder y reiteró sus argumentos y cuando otras voces incrementaron la barbarie. La guerra civil salió delos libros de historia para transformarse en profecía, aunque no necesariamente en amenaza, porque a fin de cuentas, como dijo alguien, el nazismo tenía sus cosas buenas. Porque el auténtico mal lo encarnan el terrorismo de ETA y el yihadismo, y en ambos frentes está Podemos.

Dicho lo cual, cualquier chapuza o golpe de estado habrían tenido su razón de ser. El PP no lo formuló, pero hay afirmaciones y comportamientos que alientan la duda. Hasta ahora nunca lo habían expresado de manera tan evidente. Tomemos nota.

 

 

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