Dicho así, podemos estar de acuerdo. Esta ha sido la campaña electoral de las teles y de las redes. No porque en las unas o en las otras se haya desarrollado un debate reflexivo y complejo, sino porque a través de ellas se ha movilizado a los votantes e incluso a los votos. Y, sobre todo, porque se ha hecho al gusto y a los intereses de ellos. Nunca fue tan evidente. Tal vez por esa razón el resultado ha sido el que Sandra León describe de manera nítida en Más promesas que relatos:

Las propuestas no bastan. La acumulación de medidas del programa electoral, aparte de estar abocadas al incumplimiento, no explican el proyecto que subyace y, con él, las prioridades, los criterios con que evaluar lo deseable o lo conveniente, las pautas para abordar lo imprevisto, los principios desde los que se afrontará la complejidad que desborde los esquemas previos. ¿Entonces, para qué las campañas, los debates, la profusión de espacios y páginas?

Esta ha sido una de las obsesiones de este lagar durante la campaña y de otros muchos momentos previos. Lo ha sido a la hora de analizar los debates electorales o el comportamiento de los medios. Para llegar a la conclusión de que todo se supedita a lo emocional y al ruido de televisiones, radios, redes, periódicos; en definitiva, a sus propios intereses, camuflados de valores. Y por ello esta es una democracia aplaudida por los intermediarios, ante la que los ciudadanos se encuentran indefensos, en la medida en que aceptamos ser espectadores bajo el señuelo de que hemos adquirido la condición de protagonistas.

Aquí se ha aludido muchas veces a esa cuestión central en nuestro sistema y a la falta de remedio, porque la autocrítica no abunda entre profesionales (menos aún, entre los responsables de las empresas del sector de la comunicación). Los análisis se han referido a los medios en general y en la televisión en particular. Por ejemplo, en La solución no está en el formato, en La televisión confunde a la política o en Nuevos tiempos: hacer política desde el retrete.

Se había aludido, pero apenas de pasada, a los efectos de las redes sociales, a su valor como amplificadores y cómplices del señuelo. Lo explica mucho mejor Máriam Martínez-Bascuñán, en la columna de El País titulada Campaña digital.

En definitiva, sin afrontar el fraude radical de un sistema democrático mediatizado por las características y los intereses de los medios, de las teles y las radios sobre todo, podremos seguir loando sin recato la ejemplaridad de la ciudadanía, su capacidad para anticiparse a los políticos, sus lecciones en fechas electorales… Pero todo ello, hoy por hoy, no significa otra cosa que seguir prestigiando la capacidad defraudadora de los mecanismos de comunicación de masas.

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