Un tipo promueve una ley para acabar con la justicia universal. Algunos jueces se rebelan. El tipo, que tiene poder, se cabrea. La ley se aprueba. Algunos fiscales ponen pegas. El tipo se cabrea aún más. Algunos jueces ceden a lo que parece inevitable: liberan a unas decenas de capos de la droga apresados fuera de las normas establecidas por la nueva ley. El tipo ni se inmuta. La gente se molesta, porque el Tibet y China quedan lejos, pero la droga entra en casa. Algún fiscal insiste. Y el Supremo resuelve que lo de China y el Tibet se mantiene, pero que los capos pueden volver a la cárcel. Los gilipollas del narco no tenían otra cosa que hacer que esperar esa resolución. El tipo se cabrea ahora con los jueces que ejecutaron lo que él dispuso y él mismo defendió.

Esta es la historia del ministro Gallardón, un genio de la perversión, al que no se le ocurre una sola cosa buena, pero que trata de convencernos de que lo suyo es modernidad, progresismo, derechos humanos… Es decir, que hace lo que no queremos aunque nos convenga. Y él, erre que erre, por lo que nos conviene.

¿Se trata de la cara más dura del Gobierno o del más caradura? ¿O ambas cosas?

Atentos para saber si alguien le supera. Se antoja complicado. Pónganse a repasar sus fechorías y, sobre todo, su capacidad para insultar a los ciudadanos cada vez que trata de explicar lo que hace. 


 

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