Las noticias se suben a la cabeza. Tan incompresibles, tan repetidas, tan asfixiantes, conducen de la incertidumbre a la depresión.

Juan y Piedad las sufren. En los últimos días se han enfadado, han discutido, se han arrojado las cartillas del banco a la cara. Después de 35 años de cariño, desconfían de ellos mismos, de su futuro e incluso de sus ahorros. De si existen; los ahorros y hasta ellos mismos..

La crisis, la austeridad, los bancos, la recesión a todas horas, la intervención en ciernes, sin tregua ni explicaciones. El miedo. Al borde de la jubilación, les agobian sus ahorros.

Lucía es mucho más joven, trabaja en un banco, recibe boletines internos, ve la tele, pregunta, atiende a los clientes, sugiere soluciones, pero sólo resuelve algunas dudas. No cura la depresión ni su contagio.

Juan y Piedad se han tirado a la cara sus obligaciones de deuda, sus fondos e incluso sus plazos fijos; en total, apenas un resguardo para la vejez o las necesidades de los hijos, convertido en arma arrojadiza en el desconcierto y el pánico.

Juan y Piedad acudieron al despacho de Lucia en busca de explicaciones. Para reclamarlas. Al poco, abandonaron sus asientos, se culparon de los pasos dados, negaron todas las soluciones y se enojaron en público, sin respeto, como nunca lo habían hecho.

Lucía trató de calmarles hasta que se sintió acusada. “Yo no estoy aquí para engañar a nadie”, susurró. Lo hizo como si no quisiera levantar la voz. En realidad, lo hizo así porque las palabras se le entrecortaban: de sus ojos rodaban lágrimas. No se tapó la cara.

 

I

Llamé para decirle que estaba en el pueblo, que necesitaba el teléfono de su yerno, porque debía abonarle unos trabajos que había hecho en casa, y que podíamos tomarnos un café a la puerta de su trabajo. Me respondió, tajante.

–       En cinco minutos te espero en casa.

A aquellas horas, apenas las 11 de la mañana, nunca quedábamos en su casa. Tomábamos café en el bar, charlábamos del tiempo transcurrido desde la última vez y aplazábamos los encuentros más pausados a la tarde, cuando se cerraba la jornada, cuando ya no habría prisas ni gente en su oficina. Quizás hubiera cambiado de hábitos.

Nos encontramos a la puerta de su vivienda, saludamos apresurados a su mujer y nos sentamos junto a la camilla del cuarto de estar. Ni un café ni un vaso de agua, tampoco las consabidas preguntas por la familia o los últimos viajes. Directamente al grano. Realmente estaba nervioso.

–       ¡Mira esto!

Extractos bancarios. Me explicó que acababa de regresar de la caja de ahorros del pueblo, que estaba muy preocupado y que bajara la voz para que su mujer no advirtiera de qué hablábamos. Unos meses atrás había depositado unos ahorros, apenas diez mil euros, en la entidad bancaria para que se los colocaran en un depósito, para conseguir unos intereses, pero, siempre, con la posibilidad de recuperar en cualquier momento lo ingresado. Sin embargo, la responsable de la sucursal acababa de decirle que ese dinero no podría recuperarlo hasta 2020.

Me alarmé. Pensé en las preferentes, tan en boga, a través de las que se ha esquilmado impunemente a miles de personas. En este caso se trataba de obligaciones de deuda. La información era escasa, apenas un impreso del tamaño de una cuartilla, suficiente para inquietar al más pintado: en el reverso del papelillo se reconocía que se había advertido al cliente de que la fórmula entrañaba riesgo por estar accesible a muchas personas y porque, llegado el momento de cobrar, el titular se pondría a la cola de todos los acreedores de la entidad bancaria.

Concluí: le habían engañado.

Luego me contó que tenía otros ahorros. Unos, dispuestos para las necesidades de sus hijos; otros, como garantía para ir tirando. Los primeros, a plazo  fijo; los otros, en un fondo. Los primeros vencen este mismo año; los segundos, el próximo. La cartilla de los fondos reflejaba un descenso en el valor de la aportación inicial. Eso ya importaba poco. Mi amigo no quería saber nada de bancos. Su hijo, que vive lejos, le acababa de advertir que no se fiara de la caja de ahorros del pueblo.

En ese momento su mujer pasó ante la puerta del salón. La llamó.

–       ¿Qué quieres?

–       Que veas esto.

Los extractos bancario. Su rostro se cubrió de pánico. Apenas conseguía articular frases sueltas. Temblaba.

El fue contando una tras otra la situación de sus cuentas. Ella se indignó por haber tomado las decisiones sin consultar con ella, apresuradamente, por su exclusiva cuenta. Él blandió todos los papeles y amenazó con un mutis tras entregar impulsivamente la documentación, al completo.

–       Hazlo tú, no quiero saber nada de esto.

–       Tenéis que ver menos la televisión, dije para salir del paso.

 

II

Tratamos de tranquilizarnos. No había modo. El estado de desconfianza acaba alentando otro depresión. En él estamos.

Mi amigo me pedía que le acompañara ante la responsable de la sucursal bancaria. Yo no quería asumir responsabilidades sobre los ahorros de otros, sobre sus emociones, sobre su futuro. Todo eso estaba en juego.

Acabamos sentados, los tres, frente a la responsable de la sucursal bancaria, impecable en sus modales, atenta en su actitud. Se empeñó en ser didáctica, pero los alumnos no estaban para aprender. Sencillamente, no se creían nada. Recelaban de cualquier enseñanza. Lo habrían hecho ante la verdad misma, de haber comparecido en aquel encuentro.

La bancaria argumentó que las obligaciones de deuda habían sido habituales habituales entre las cajas de ahorro y que, hasta hacía unas fechas, podían reintegrarse siempre que el titular lo demandara. En dos o tres días recuperaban el dinero. Sin embargo, el Banco de España había cambiado las reglas sin advertir de ello a las entidades y sin que éstas se lo hicieran saber a los afectados.

–       Por eso no hemos podido comunicárselo a los clientes. No lo sabíamos.

En este caso, en esta Caja, dijo su representante, se había habilitado una fórmula: el banco concedía al cliente un préstamo por el mismo importe de las acciones y al mismo interés que éstas tenían asegurado. O sea, explicaba ella, al término del periodo, lo uno menos lo otro igual a cero.

La responsable de la oficina lamentaba que se hubieran alterado las condiciones sin aviso previo a los clientes. Ella misma, aseguró, era una víctima más de las obligaciones que había recomendado. Y ahora lamentaba la desconfianza y los disgustos que estaba generando.

Mi amigos no acertaban a comprender la alternativa, enojados, desconfiados, recelosos  incluso del comportamiento de ellos mismos. En varias ocasiones llegaron a levantarse de sus sillas, se intercambiaron los papeles, renunciaron alternativamente a continuar con el proceso, fuera el que fuere. Renegaron del préstamo, de las acciones e incluso de los ahorros. Para no renegar de ellos mismos. ¡Maldita sea!

 

III

La mujer que nos explicaba el estado de las cosas había mantenido la compostura, incluso la calma. Hablaba suavemente, callaba, observaba, consolaba, explicaba sin asomo de impaciencia.

Mis amigos se retaban. La mujer entendía que aquellos enojos obedecían a un estado general de un estado de desconfianza.

–       Si estáis seguros de lo que decís, lo mejor sería que tuviérais todos vuestros ahorros en vuestra propia casa.

No era solo un estado general de desconfianza, sino de profundo desengaño. Particular. Sobre lo que decía, sobre lo que decidía. Sobre ella misma. En ese instante a la responsable de la sucursal bancaria se le quebró la voz, se entrecortaron sus palabras, respiró hondo y con sus manos ocultó la mueca que anunciaba una lágrima.

–       Les aseguro… que no estoy aquí… para engañar a nadie.

El llanto era patente. No lo ocultó. Se sobrepuso.

–       Yo no sabía que esta situación pudiera ocurrir. Lamento que se sientan engañados. Lo entiendo.

Continuó.

–       En esta ocasión hay un remedio. No van a perder nada. Es lo que les ofrezco.

 

IV

Años atrás yo mismo había tenido una cuenta en esa misma sucursal. Me fui porque me engañaron. Comisiones y otros hábitos bancarios. Sin embargo, al abandonar en esta ocasión la oficina, donde la nueva responsable había culminado su argumentación con la voz quebrada y las mejillas húmedas, pensé que quizás un día de estos vuelva a pedir orientación a esta mujer. No para que me diga lo que debo hacer, sino para que no me engañe. En este tiempo quizás no se pueda pedir más.

No obstante, a Lucía le costará sacarnos –a Juan, a Piedad y a mí– de la incertidumbre y de la depresión. A lo peor, la contagiamos. Somos demasiados. Y tal vez, entonces, se sentirá culpable.

 

 

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3 Respuestas

  1. Barruntos

    Querido amigo:

    Sé que en este hábitat de lagartijos tratáis de lo teórico y también de los afectos, con nombres y apellidos, y hoy ha tocado hablar de tu experiencia con unos amigos engañados (robados) y el papel de una bancaria ingenua. Sin embargo me ha parecido que elevas a categoría el papel de la bancaria (“Yo no sabía”, “Qué ha podido pasar”, etc.) y le eximes de toda responsabilidad. Posiblemente sea cierto, tú la conoces y has estado allí, pero no podemos asumir que la generalidad de los bancarios, o empleados de banca, han sido ignorantes de lo que estaba pasando.

    Sigo con atención todo esto de las preferentes y los actos criminales que los banqueros y bancarios han perpetrado contra la población indefensa. De acuerdo con que los máximos responsables han sido los banqueros, pero la complicidad de los empleados, desde los directores hasta los asesores o agentes, todos codiciosos y comisionistas, ha sido necesaria. No estaban tan ciegos como dicen ahora. Han recibido instrucciones claras de lo que debían ocultar y pasar de corrido. Mienten, como siempre.

    Atravesamos una crisis descomunal que al menos tiene que servirnos para regenerarnos en valores ya que económicamente no vamos a poder recuperar los niveles de hace pocos años. Responsabilidad, joder, responsabilidad, honradez, compromiso. Decir la verdad, piedad con los más débiles. Los bancarios sabían que era producto defectuoso, y no debieron ofrecerlo, y mucho menos insistir. Igual que el cocinero tira a la basura algo que le parece pocho por el color o el olor, igual que el fontanero se esfuerza girando la tuerca un poco más aún sabiendo que es muy probable que ya sea suficiente, igual que los policías que se echaron al agua para salvar a un infeliz estudiante eslovaco en la playa de Orzán y murieron los cuatro. Eso es la bondad, felizmente representada en tantísima gente que tiene lo justo o menos de lo justo.

    Recoge Vincenç Navarro en su estupendo blog ( http://www.vnavarro.org ) un artículo publicado en “Público” el 12 de abril pasado titulado “El problema es mayor que el 1%. Es el 10%” ( http://www.vnavarro.org/?p=7151 ) en alusión al eslogan de los indignados u okupas de Wall Street, eslogan que viene a representar que los malos son el 1% porque atesoran una desproporcionada riqueza y sobre todo poder para esclavizar al resto. El viejo profesor y defensor del Estado del Bienestar desde su cátedra de Economía Aplicada e institucionalmente como director del Observatorio Social de España sostiene que sin la colaboración de otro 9% los objetivos criminales de ese 1% no se lograrían, por lo que se convierten en cómplices.

    Recomiendo a todos los lagartijos lean el artículo. Y a ti, caro parceiro, subrayarte un párrafo que reconocerás resume el compromiso que alguno de los profesionales del periodismo sí habéis mantenido con la sociedad a la que servíais y que os distingue del resto de mamporreros y delincuentes que ocupan puestos importantes o medran para alcanzarlos en los medios de comunicación públicos y privados. Distingamos, pues, el grano de la paja.

    “El problema, pues, no se limita al 1%, sino al tope 10%, que incluye a los profesionales al servicio del sistema financiero, económico y mediático del país y de cuyos servicios obtienen enormes beneficios. Entre este 10% están todos los que dirigen las instituciones reproductoras del sistema financiero, económico y mediático, y cuyo poder de reproducción de valores y promoción de imágenes (como es la promoción de la postura de que no hay alternativas a las que el establishment propone) es vital para la permanencia del sistema. Hoy tales instituciones tienen un dominio sobre el Estado y una hegemonía sobre los aparatos culturales e ideológicos que facilitan tal control. De ahí que, aún cuando los que “mandan” en la sociedad son sólo un 1% de la población, este mando no puede ocurrir sin este otro 9%, sumando un 10% que no va a ser fácil de cambiar.”

    Precisamente para eso nos sirve El Lagar de Ideas y resto de activistas de la blogosfera y la información en Intertet. Esa es la diferencia, el compromiso y la responsabilidad, de los que pudieron vivir mejor pero prefirieron ser fieles a sí mismos.

    Barruntos

    Responder
    • Jesús M. Santos

      Querido Barruntos:
      Nótese que estamos en un blog que se denomina Letras. Y en una sección subtitulada Relatos. Sin embargo, como tampoco la ficción debe escapar de la ética, aplaudo la reflexión (poco o casi nada que objetar) y cumplo la penitencia: releeré (ya lo había hecho) a Vicenç Navarro. No obstante, conviene distinguir entre la prédica y el trigo lo mismo que entre Lucía y Rato. Por poner.

      Responder
      • carlossss

        Malos tiempos para la lírica “ cantaban Golpes Bajos .Ni lírica ni poesía ni tiempo para lamentaciones.
        Dices bien Barruntos al nombrar a este 1% como criminales de esta gran estafa (crisis ) calculada con premeditación y alevosía .Este 1% tienen nombre y apellidos y con la complicidad ( criminal ) del 9% se refugian dentro del mismo “aparato” del Estado. ¡ son los fieles guardianes del Estado y del estado ,ahora mismo , de todas las cosas. ¡ Y los medios de comunicación ¡ vaya papel para estos profesionales del
        Periodismo.
        Ahora que recuerdo¡ sabéis si esta gran inmobiliaria multinacional, la más antigua de todas…..(no recuerdo su nombre ahora ) le ha afectado mucho esta “crisis “ , ¡ seguro que sale fortalecida ¡

        Para vosotros lectores del lagar que imagino no veis mucha televisión os sugiero un ejercicio fácil. En dos minutos hacéis un “zapeado” por la parrilla del t.d.t y comprobareis la cantidad de canales al servicio de la inmobiliaria que antes os comentaba ( ahora recuerdo ,su sede principal está en Roma. Mejor no nombrar la “ Bicha “ como dicen los andaluces )

        Alguno sabéis de mis aficiones ,ahí ando metiendo la cabeza en todos lados ,investigando el 15-M (no quería ser menos que la ministra esa o no se qué de Madrid). A mi me convence , es un oasis ante tanta desazón, Tienen un camino muy difícil .Son muchos sus detractores y mucha la desconfianza de las gentes alienada con todo tipo de tópicos convencionales. “El pensamiento único “, “ la cultura del pelotazo”, el “ todo Vale”

        Creo que aciertan en bastantes cosas ,pero una muy importante (básica ) mantener LA ASAMBLEA y crecer y crecer. Muchas pequeñas organizaciones están apoyando este movimiento horizontal (con las dificultades que esto entraña ) a titulo personal ,sin banderas sólo ofreciendo cauces y los pobres medios de los que disponen .Merecen mi respeto
        Salud

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