Resulta difícil aplaudir el arte que enaltece conductas repudiables, pero a algunos o no le parecen tan despreciables o creen que a través de ellas se remueven convenciones y convicciones, algo intrínseco a la provocación artística.

La realidad nos obliga a asumir y a convivir con contradicciones aún más evidentes. El buen gusto no tiene manuales inviolables; el mal gusto, depende de puntos de vista. Ni el uno ni el otro, en sí mismos, son arte.

¿Quién define el arte? ¿Quién lo reconoce? ¿Quién lo cataloga?

Trátese, al menos, como una simple opinión. Y por opinar no se va a la cárcel, no se convierte uno en delincuente, no se es digno de repudio sino de réplica. Inventar leyes absurdas para reprimir la opinión sí es detestable. Carecen de sentido esos modales.

Conclusión: la censura no acredita el valor artístico, pero la censura en ningún caso es arte. Es lo que es.

¿Hasta cuándo la opinión es solo opinión? Léase a Máriam M-Bascuñán (Peligrosa inmunidad), en El País.

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