6 de Diciembre. La Constitución. Después de 39 años, el símbolo de una época que, en comparación con el pasado, parece, al menos, soportable. Lejos de lo que hubiéramos querido, pero lejos también del espacio donde crecimos.

Sus fracasos o sus éxitos, más allá de algunas cuestiones inequívocas, no están tanto en su texto como en la interpretación y, por ello, en ultima instancia, en los gobiernos que muchas veces, en aras de su acatamiento, la manipulan; en aras de su defensa, la pervierten; y en aras del interés de todos, la ponen al servicio de unos pocos.

El último incidente, aún en vigor: la Constitución se ha convertido en el ariete garante de la unidad de España contra quienes pretenden la separación de un territorio sin respaldo de un procedimiento legítimo y compartido. Pese a la responsabilidad del gobierno español, que ignoró, primero, y provocó, después, la creciente desafección de buena parte de catalanes respecto del proyecto colectivo, el propio ejecutivo, el partido que mayoritariamente lo respalda y el presidente que los representa celebran el aniversario con un insulto: no habrá reforma de la Constitución para dar gusto a los independentistas.

No. Se trata de dar gusto a todos haciendo viable la convivencia. ¿Aún no se ha enterado?

Pese a su provocación de sostenella y no enmendalla, el Gobierno ha conseguido aunar a muchos españoles contra la proclamación de la independencia de Cataluña. Un respaldo con la nariz tapada, contra natura, vergonzante. Pero, tal vez, irrepetible. Si no se asume la necesidad de la reforma, más pronto que tarde surgirán del territorio antiindependentista numerosos defensores de la independencia.

Da vergüenza pensarlo, pero puede ocurrir. Yo mismo así lo siento.

¿Quién puede negar el planteamiento al que hoy invita Íñigo Errejón?

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.