Tiempos líquidos.

Hubo un tiempo en el que las contradicciones debían considerarse como consecuencia de la propia naturaleza humana.

El dogma puritano –de cualquier signo, pero puritano– legitimó la contradicción como arma arrojadiza contra el dirigente que incurría en decisiones que antes había rechazado.

Ha llegado el momento en el que la contradicción se ha convertido en norma de conducta.

Pónganse en el lugar que deseen, analicen al dirigente que más les guste o desagrade, repasen su trayectoria reciente, ¿podría establecerse, incluso en cuestiones muy relevantes, una línea argumental recta, coherente e incluso congruente?

¿Es su responsabilidad o, aún más, su culpa? ¿O se trata de una necesidad?

Tiempos líquidos.

¿Será que la sociedad, los medios o ellos mismos reclaman respuestas que exceden su capacidad y, por ello, se acomodan a los intereses más inmediatos? ¿Podrían callar? ¿Tienen derecho a hacerlo?

¿O será que somos los propios ciudadanos quienes nos contradecimos en el empeño de saber y decir sobre todo?

De los medios de comunicación, mejor no hablar.

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