Lo anuncia George Steiner en la entrevista póstuma que reclamó a su amigo Nuccio Ordine: “Durante 36 años he dirigido a una interlocutora (su nombre debe continuar siendo secreto) cientos de cartas que representan mi ‘diario’, en el que he contado la parte más representativa de mi vida y los eventos que han marcado mi cotidianidad. En esta correspondencia he hablado sobre los encuentros que he tenido, los viajes, los libros que he leído y escrito, las conferencias y también episodios normales y corrientes. Es un ‘diario compartido’ con mi destinataria, en el que es posible encontrar incluso mis sentimientos más íntimos y mis reflexiones estéticas y políticas”.

Esa correspondencia, añade Steiner, “se conservará en Cambridge, en un archivo del Churchill College, junto con otras cartas y documentos” que “se sellarán y solo podrán consultarse después de 2050, es decir, después de la muerte de mi esposa y (quizá) de mis hijos”.

Steiner cierra el anuncio con un interrogante lógico: “¿Los leerá alguien después de tanto tiempo? No lo sé. Pero no podía hacerlo de otra manera…”.

 

Durante los últimos años me he planteado en infinidad de ocasiones escribir sobre mi padre para dejar constancia de un ser humano formidable, víctima y verdugo, contradictorio, violento y sentimental, radical hacia fuera y atormentado en su interior, implacable e indefenso. No lo he hecho porque resultaría inevitable rescatar hechos y sentimientos que mi madre, mis hermanos e incluso él mismo no quisieron comentar y recordar.

¿Tiene sentido escribir obligando a esconder lo escrito hasta la muerte de cuantos le conocieron? La personalidad de mi padre no resulta relevante en sí misma, aunque sí lo es en tanto que símbolo de una época en un lugar muy determinados. ¿A alguien le importarán las circunstancias de aquellos tiempos oscuros desde la perspectiva de un solo hombre, desconocido, aunque no anónimo?

 

La decisión de Steiner no admite réplica. Él se lo puede permitir a costa de vetar ese legado a muchos de quienes le admiramos. Tal vez nuestros hijos, cuando conozcan lo que nosotros no sabremos, se interesen por Steiner con una perspectiva nueva, distinta a la que tenemos. Les recomendaremos que lo intenten. Aunque solo sea para que echen de menos a quienes morirán desando haber conocido aquella correspondencia silenciada en vida durante 36 años y, otros 30 más, después de su muerte. ¿Servirá de algo? ¿Suscitará el interés que ahora provoca lo que Steiner nos ha declarado inaccesible?

 

¿Me acusarán entonces mis hijos de haberles negado el relato que merecía su abuelo?

 

 

 

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