Los tahúres de la Moncloa fabricaron su propia vía de agua y, ahora, cuando muchos ciudadanos y no pocos analistas atisban una posibilidad de acuerdo entre Unidas Podemos y PSOE para llevar a Pedro Sánchez a la presidencia del Gobierno, elecciones mediante, otros tienen la impresión de que esa opción está mucho más lejos de lo que parecía.

Pablo Iglesias encontró la gran coartada. “¿Yo, el problema?”, preguntó. “Nada más lejos”, respondió. O sea, “me aparto”. Un acto de generosidad y patriotismo para concluir que el acuerdo ya no tiene excusa ni remedio: coalición, reparto de ministerios (1 Podemos, 2 PSOE) y plena autonomía de los morados para decidir sus representantes.

A Pedro Sánchez se le había ido la estrategia por la boca: “el único problema es Pablo Iglesias”. Ahora ya sabe que había otros, muchos más. ¿Cómo corregir aquella contundencia culpatoria sobre el líder podemita? ¿Cómo reconducir el debate después de aquella descarga sin matices? En los alrededores de palacio deben estar afilando y retorciendo argumentos para salir vivos de la enmarañada situación que unos y otros han creado.

Ahora Sánchez reclama negociación acerca del programa de gobierno, pero él dijo que el problema, el único problema, se llamaba Pablo. Iglesias urge poner nombres a los cargos, pero olvida que esos nombres deberían tener un programa sobre el que no ha querido hablar; hasta el momento.

Quienes matizaban la (absoluta) responsabilidad de los dirigentes políticos por su falta de acuerdo para el gobierno del país ya han salido de dudas. Si ahora, en esta nueva fase, no lo hay, será tan solo porque ellos, solo ellos, no se aclaran. Peor aún: porque no quieren aclararse.

El movimiento estratégico del juego que se traían entre manos ha resultado un despropósito. Es lo que tiene entender la política como un escenario sobre el que construir intrigas o un juego donde desarrollar conspiraciones.

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