Ignacio Francia se ha zambullido en el mundo de la ficción, y se le ve contento; se le ve así a través de la felicidad del narrador de La curva del camino, un trasunto del propio autor, que, por ello, no renuncia a nada de su pasado, de su oficio de periodista, de su vocación viajera, de su obsesión documentalista, de su voluntad pedagógica, de su insistencia o su resistencia ante determinados asuntos.

img-20160507-wa0000No renuncia a sus fantasmas cotidianos y, por tanto, no renuncia a sí mismo. Para quienes le conocen y, sobre todo, para quienes son sus amigos (caso del que escribe), todo encaja. La narrativa se ajusta al autor en sus aficiones, en su lenguaje con regusto rural, en el empleo de términos descontextualizados, en el trasfondo moral que transmite… salvo en la inclusión como eje vertebrador del texto de una relación afectiva, contenida en el fondo de su planteamiento (y por ello, previsible), pero desbordante de pasión erótica (y por ello, sorprendente, porque a este respecto el personaje fue siempre discreto y diríase que contenido).

imagen-1Por abundar más en este apartado, que ocupa bastantes páginas, todo parece ficción y no autobiografía, aunque en tales materias existan maestros admirables del disimulo o la fanfarronería. Dicho de manera más neutra u objetiva, los allegados desconocíamos esta faceta del personaje y por ello constituye la mayor extrañeza del Ignacio Francia devenido en literato, dispuesto a divertirse a costa de la imaginación, requisito ineludible para que la ficción desvele las vueltas que da el camino. No obstante, como la invención tiene sus límites, el mismo autor reconoce que la antagonista del narrador Julio, francesa y también France, igual que el autor, es una recreación a partir de alguien que con ese nombre existió en un momento lejano y determinado, aunque sin más “jaleo” –término ajustado estrictamente a lo que cuenta la novela.

imgresLa curva del camino tiene, pues, tres trayectorias que se alternan, sin que necesariamente se entrelacen: el encuentro casual de Julio y Marie–France que deriva en la apacible turbulencia del amor fou (o turrado, léase la novela), el viaje a través de muy distintos parajes de España, Francia o Portugal (con énfasis especial en Salamanca, Madrid y Mogarraz) y, por último, la tesis doctoral de la francesa, hija de exiliados españoles en París, que permite al autor ejercer de Pigmalión y adentrarse en la memoria de un personaje harto polémico, José María Aznar, a través de su pensamiento político y sus contradicciones, con particular atención a sus orígenes como presidente de Castilla y León.

Ignacio-Francia-presentó-La-Curva-en-el-camino-acompañado-por-Enrique-de-Miguel-y-Luis-Miguel-de-Dios.-700x467En esta parte se encuentran algunos de los aspectos más sobresalientes del libro, cuando el narrador se somete al dominio del periodista y a la disciplina del documentalista minucioso y crítico. Así se descubre, tal vez en contra de las pretensiones del novelista, que no hay amor de ficción que rebata, por muy “entrizados” que aparezcan los protagonistas, a más de cuatro décadas de oficio apasionado.

Frente a esa realidad (en la que abundó Luis Miguel de Dios en la presentación del libro en Salamanca), el nuevo narrador ha afrontado retos complejos tanto en la estructura como en el lenguaje; es decir, ha querido construir un relato ambicioso, tal vez excesivo, en nada conformista. Uno es amigo, y leyó el libro del tirón, y por imagenello ni puede ni quiere ejercer de crítico quisquilloso (la misma postura que adoptó en la referida presentación el profesor Emilio de Miguel), porque en La curva del mundo se encuentran demasiados motivos para solazarse sin tiempo ni ganas de ponerse estupendo.

Lo verdaderamente estupendo –en el sentido más convencional, no en el de don Latino– es el riesgo y la aventura. Por eso también a Ignacio Francia se le ve contento. Y tiene razones. Entre otras, por las vueltas que da la vida, más allá de la curva interrogante de Pessoa.

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