La Nochebuena y el Fin de año concentran la fiesta con tanta intensidad que a su alrededor todo se desvanece. Las noticias desaparecen, salvo por accidente (este año, el tsunami de Indonesia) y la reiterada banalidad del discurso del Rey, que algunos pretenden exprimir más que interpretar para tener algo con lo que abrir los supuestos informativos y periódicos de estas fechas. La celebración del fin de año transforma la horterada en paradigma de una sociedad corroída por enfermedades múltiples; basta ver los rostros de la estupidez disfrazada de gozo y felicidad obligatorias.

En esos días en que no pasa nada surgen momentos de pausa y emociones. Así Vivos, muertos… y marineros, de Manuel Rivas, y Nada o revienta, la vida de Chano Rodríguez, se pueden leer sin la prisa de otras fechas para sentir la vida que late en unos reportajes forzados a una página par por la publicidad que en estas ocasiones prolifera. Así, El misterio del cadáver de la cripta de León, narrado por Silvia R. Pontevedra, ofrece un punto de intriga a la molicie navideña. Y así, Una pausa para la caravana migrante por Nochebuena, de Jacobo García, cierra con el crudo realismo cualquier predisposición bobalicona.

En definitiva, en esas circunstancias aparentemente esquivas surge otra manera de disfrutar la emoción de estas entrañables fiestas.

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