Trump amenaza a la General Motors y a la Ford: si no retiran las inversiones previstas por ambas corporaciones para producir más coches en México, les pondrá unos aranceles extraordinarios. Las compañías han plegado velas, o eso han dicho.

¿Qué se pretende? ¿Proteger el empleo nacional o elevar la tributación de las grandes fortunas? ¿Castigar al país que no quiere financiar el muro de la ignominia o evitar una importante fuente de riqueza en un país pobre? Si no se trata, porque tal intención parece contraindicada con el personaje, de evitar salarios de miseria en el país vecino, ¿se tratará acaso de ofrecer a las grandes corporaciones norteamericanas la posibilidad de rebajar los sueldos que ahora pagan?

¿Tiene algo que ver este proteccionismo nacionalista con las propuestas antiglobalización? ¿O se quiere demostrar que el remedio puede ser peor que la enfermedad? Algunos precedentes cercanos de ese estilo proteccionista acabaron hundiendo economías solventes y, en particular, a los más vulnerables, a los que pagan siempre y en mayor medida las crisis que otros inventan. ¿Por qué, entonces, se alientan esos brotes o esa pulsión proteccionista y nacionalista desde posiciones que no tienen nada que ver, en apariencia, con la nueva ultraderecha?

Que lo proclame Trump es una amenaza. Que cosas parecidas se digan en Francia, Alemania, Holanda, Gran Bretaña, Hungría y en casi todo el mundo occidental muestra la auténtica dimensión del problema. La alarma definitiva surge cuando, desde posiciones contrarias, se proponen conclusiones parecidas.

El problema, en definitiva, no es que mienta Trump, sino que otros planteamientos, que se ofrecen como antitéticos, compartan propuestas.

¿Puede ocurrir que muchas de estas reflexiones, incluidas las que supuestamente se hacen en beneficio de los pobres, crecen bajo la lógica de los países o los colectivos ricos? Sí es así, esta sí será la era global más Trumposa.

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