El Gobierno acepta que, a partir de ahora, en las reuniones entre representantes de la Cataluña independentista y de la no-independentista, se incluya a un personaje intermedio, al que unos llaman relator, otros facilitador, notario, mediador… Y se ha armado la tremolina. La oposición habla de humillación intolerable, de puñalada, de sometimiento al independentismo y a su argumentario simbólico. O sea, lo habitual. Pero también lo excepcional, porque comentaristas hasta este momento equilibrados e incluso equidistantes han roto su habitual cautela.

Se han roto las reglas del juego, dicen: el Gobierno ha puesto en evidencia al propio sistema democrático español, ha cedido a la presión independentista en aras de la tramitación de los presupuestos y, en definitiva, de su permanencia en el poder.

¿Seguro?

El Gobierno puntualiza: el personaje intermedio (llamémoslo así, a falta de una denominación exacta y de unas funciones precisas) no tendrá cabida en las reuniones entre los gobiernos, el del Estado y el de la Generalitat, sino en una mesa de partidos catalanes que hasta el momento no ha funcionado. A falta de otra versión, habrá que aceptar la precisión, aunque sin entender por qué son los gobiernos quienes convienen e implementan esa figura imprecisa para algo que les es extraño.

En cualquier caso, ¿que alguien ajeno a la negociación o a la confrontación testifique sobre los argumentos empleados por unos u otros –en el salón cerrado sin luces y taquígrafos– o sobre sus propuestas de conciliación o de ruptura atenta contra la legitimidad democrática? ¿O tan solo pone de manifiesto la escasa credibilidad que los interlocutores se conceden mutuamente? Y en ese supuesto ¿tiene sentido seguir amarrados a la mesa? Y llegados a ese punto, ¿no es hora ya del hasta aquí hemos llegado?

Cabe seguir en la senda de la duda. ¿Cuál es el papel de ese personaje aún non nato? ¿Se debe homologar con un mediador internacional? ¿Puede cumplir otra función? ¿Podría servir, acaso, como garante de la verdad ante unos ciudadanos sumidos, un día tras otro, en la confusión de dos versiones con frecuencia incompatibles, de acentos muy diferenciados, de matices contradictorios…?

¿Por qué entonces este enojo incluso en sectores poco dados al dogmatismo?

El papel de ese personaje intermedio no tiene que identificarse, como algunos han dicho, con la figura recogida en el punto 3 de las reclamaciones de Torra ante el Gobierno español: “Es necesaria una mediación internacional que tiene que facilitar una negociación en igualdad”.

La figura anunciada, más que afectar a las esencias del sistema o a la entraña de la dignidad democrática, se asemeja a un brindis a la melancolía, a un esfuerzo inútil. Forma parte de una pretendida exhibición por alargar la expectativa de un acuerdo inviable o por evitar la ruptura inminente de un diálogo tan pregonado como imposible. Se antoja, sobre todo, como un nuevo paso a favor de la estrategia de marear lo perdiz. O del afán de relatar el mareo de esa ave que ansían cazadores y comilones. De la enorme y repugnante telaraña en la que la sociedad está atrapada.

Eso sí es verdaderamente despreciable, pero ¿qué hacer para romperlo?

Si las posiciones en litigio se han demostrado irreconciliables, ¿cabe otra cosa que asumirlo? Para no responder afirmativamente vamos de tumbo en tumbo Y sin embargo, ¿a alguien se le ocurre algo que no sea «¡a la mierda!»?

Usted mismo.

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