El deporte resalta,  con frecuencia, lo antagónico: la mesura de quienes conocen la estrecha línea que separa el éxito del fracaso o el esfuerzo que esconden los laureles frente al desatino de quienes sólo entienden a través de la pasión y, peor aún, de quienes se empeñan en abolir el raciocinio para imponer sus intereses.

La alegría de la victoria o, mejor aún, del buen juego de un equipo se enfrenta, por eso, en primer lugar, a los desmanes del periodismo (casi siempre, pero merece un recuerdo el relator que elogiaba, desaforado, la dictadura de la selección en el fútbol actual) y al oportunismo de los dirigentes políticos (príncipes o presidentes de gobierno) que anteponen el populismo al respeto de valores esenciales, como el derecho a la libertad (caso Timoshenko). Por ejemplo.

Ellos empañan lo que, en otras circunstancias, podría ser una celebración, sin más, alegre.

Más vale no engañarse. No hay manera de empezar de nuevo. Demasiados años de distorsión y confusión. En el deporte han calado sentimientos tan falsos y falaces que, a estas alturas, se antojan imposibles los remedios. Basta escuchar los comentarios de los forofos, una actitud incompatible con el simple comportamiento ciudadano.

La mesura de los propios deportistas (también los hay desmesurados) no basta. Demasiado tarde. Porque este deporte está manchado: basta ver a la actitud de muchos padres de niños que empiezan a ejercitarse en una actividad física cualquiera. Se comportan como si quisieran volverlos locos. Y lo logran.

Pese a todo, ¡qué bueno el espectáculo para disfrutarlo sin tantos ruidos!

– ¿Tú crees se puede disfrutar sin hacerlo a lo bestia…?

– Querrás decir si no eres bestia..

– O comentarista deportivo o presidente del gobierno, por ejemplo.

 

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