A Mateo Renzi, hasta hace unos meses primer ministro italiano, una investigación judicial le sorprendió in fraganti cuando trataba de relanzar su carrera política. Las escuchas telefónicas que perseguían a su padre por un supuesto caso de corrupción pillaron una conversación íntima entre padre e hijo.

Nadie advirtió al ex–primer ministro de la celada, hecho harto sorprendente para quienes miramos el mundo desde el rincón hispano. Para mayor sorpresa, el vástago no animó a su progenitor a ser fuerte ni a esperar el paso de los días y los líos; tampoco hubo complicidad paternofilial, ni siquiera de compiyoguis.

Renzi apremió a su padre, le acusó y le acosó, incluso llegó a decirle que no creía sus excusas. Al final, eso sí, trató de preservar a su madre del calvario judicial, requiriendo la confesión de su padre. Una vez publicada la conversación, Renzi lamentó la crudeza con la que se había expresado ante su progenitor.

 

Mateo Renzi no es una ursulina; tal vez solo antepuso su ambición al respeto filial, a sabiendas de que su padre podía acabar con su carrera política justo en el momento en que buscaba su relanzamiento. En cualquier caso entendió que un responsable público tiene que elegir, llegado el caso, entre la decencia y los afectos.

Por eso la situación en España resulta tan grave: porque, sin haber llegado a esos extremos, el comportamiento de algunos, empezando por el presidente del gobierno hispano, acaba convirtiendo a la familia política en mafia. Y creíamos que así era Italia.

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