Al Gobierno le dio un ataque pasional y se lanzó a pregonar la fiesta nacional. Repartió publicidad por todos los medios habidos y por haber con el sello del Gobierno de España y con cargo a los presupuestos que sufragan los ciudadanos. ¿Y qué falta hacía? ¿Qué pretendían? ¿No bastaba con disfrutar del día festivo? Pues, no. Había que sacar paquete y un eslogan: “la fiesta de todos”. Y tanto exceso terminó en resaca.

La barcelonesa Ada Colau habló de la conmemoración del genocidio y el gaditano Tichi González de masacre y sometimiento de un continente en nombre de Dios. Véase. Horas más tarde los hispanos celebraban por las calles de Nueva York su gran día de fiesta con la alegría de cada año y sin pedir disculpas. ¿Habrá que considerarlos traidores a su propia causa? A estas alturas…

En el Palacio Real se ofrecía un simulacro de celebración y en las calles de Madrid un desfile militar a lo bestia (perdón por la redundancia).

Entre el cinismo incurable de unos y la hipersensibilidad patológica de otros (o, si se quiere, entre el cinismo patológico y la hipersensibilidad incurable) aquí no habrá quien viva. ¿Dispondremos de  tila suficiente para amortiguar esa tendencia irrefrenable a la exacerbación prehistórica? ¿Deberemos (cada uno de nosotros) quedarnos solos para siempre ante el espejo que revele nuestra exclusiva e inmaculada pureza? ¿No han bastado cinco siglos o millones de viajes en ambas direcciones o infinidad de episodios disputados y tantos otros compartidos y disfrutados para generar mayores dosis de mesura, para relativizar errores, para relativizar aciertos, para moderar los énfasis contradictorios y tranquilizarnos a propósito de una fecha que solo representará lo que queramos? Poco o mucho, pero, en todo caso, lo que queramos.

Por ejemplo, celebrar la llegada de Colón a América, una aventura extraordinaria desde la perspectiva europea, que luego dio pie a una epopeya descomunal y, en muchos aspectos, bárbara, pero también a los primeros pasos del derecho internacional (antes ya había habido algún motivo que no sirvió de nada; de después, mejor no moverlo) y a tantas cosas que hoy nos invitan a compartir por razones personales, culturales e incluso económicas un territorio formidable.

Por ejemplo, una fiesta para celebrar, aunque hayamos tardado en digerirlo, el acontecimiento mas relevante de nuestra historia, el encuentro con un continente admirable, con personas cuya inteligencia y afabilidad nos desborda, con una identidad que rebasa los límites nacionales y que sea fundamenta en las gentes que nos han acogido y a la que hemos acogido muchas veces con afecto, con culturas muy diversas, que admiramos porque nos enriquecen…

¿No merece todo eso una fiesta de verdad, sin alharacas vanas o falaces y con la íntima alegría de que, pese al abuso y a la tergiversación, hoy somos quinientos millones de personas que podemos entendernos y esforzarnos juntos porque, además, compartimos sentimientos?

Pues eso. Para una fiesta que podemos disfrutar sin alharacas ni banderas (algo definitivo para buscarle el lado bueno), tras reconocer una historia con momentos deplorables pero con personas que han ofrecido a los otros respeto y consideración, deberíamos celebrarla juntos. No soy muy de festejos a la fuerza, pero en América he aprendido a sentirme orgulloso de ser latino; es decir, de no ser casi nada más que lo que disfrutamos cada día.

Les debemos un homenaje. El de nuestra alegría por haberles conocido.

Alguien tuvo la buena idea de que en España la fiesta nacional no fuera nacional. Luego, otros se empeñan, desde uno u otro bando, en nacionalizarla. Y el día de asueto se convierte en desvergüenza o en tragedia. Y la fiesta, en culebrón: de amores fingidos y llantos furiosos.

 

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