En alguna ocasión aquí se ha escrito que las discusiones esencialistas, identitarias y/o simbólicas, cargadas de emotividad se convierten en el mejor caldo de cultivo para evitar el debate sobre lo que afecta a los ciudadanos de manera directa.

Desde ese punto de vista, por ejemplo, el auge nacionalista de uno u otro signo favorece a quienes lo alientan, destroza a quienes aportan soluciones (aunque deficientes o insuficientes) y, sobre todo, esconde los problemas más inmediatos de una sociedad empobrecida, que reduce servicios públicos, que castiga al ciudadano; de la misma manera que la controversia sobre el modelo de estado esconde las carencias de quienes más lo alientan para ofrecer respuestas verosímiles a los problemas que acucian a los excluidos y, sobre todo, a los que se encuentran en riesgo de exclusión, que somos casi todos.

En el primer grupo de instigadores nacionalistas se sitúan los que así se reconocen en un ámbito determinado (CiU, ERC…) y los que se oponen a ellos con el mazo de un nacionalismo beligerante de otro signo. El shock efervescente de Mas no se entiende sin su incapacidad frente a la crisis y el tancredismo guerrero de Rajoy no es fruto de la desidia, aunque tal vez sí sea causa del agravamiento del conflicto hasta la muerte. Todos por la patria.

Algo similar ocurre en el debate entre monarquía y república. En este caso los más beligerantes son los partidos de izquierda con la característica de que el grado de implicación crece en proporción directa con las posibilidades de cumplir su propio programa económico. La ideología se reduce al color del escudo o la bandera.

Juan José Millás lo expuso en na columna: la Historia atropella a la historia. Los mayúsculos, con ese planteamiento, arrollan a los minúsculos. ¿Por qué la izquierda aporta armas a los eternos vencedores? ¿Por táctica? ¿Por su propia vacuidad? ¿Por dios sabe qué?

Manuel Cruz reflexiona en El País acerca de lo que importa. Termina así: «Las fuerzas y partidos que movilizan a la ciudadanía (o se suman a sus movilizaciones más o menos espontáneas) con el argumento de que resulta inaplazable que aquella se pueda pronunciar directamente sobre determinados asuntos, convirtiendo con sus prisas dicha reivindicación en la prioridad absoluta de su política, deberían rendir cuentas por aquello que, en ese mismo gesto, están dejando de lado. Porque (…), con lo que en estos momentos nos las estaríamos viendo sería con un problema, sencillamente dramático, de supervivencia para mucha gente. Tiene delito que, frente a esto, haya quien parezca sostener, parafraseando a Rorty, la prioridad de la independencia sobre la pobreza, o de la forma de Estado sobre la miseria generalizada».

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