Hilario Pino ha dejado de ser, de la noche a la mañana, presentador y editor del informativo de tarde de Cuatro. Y ya puestos, ha dejado de pertenecer a la plantilla de Mediaset.

Hilario, al que conocí en la SER y con el que compartí sus primeros años en Telecinco, ha sido un buen profesional. Informador riguroso de asuntos laborales en sus primeros años en la radio, pasó de repente a presentar el informativo de referencia de la recién estrenada Telemadrid, donde consiguió un amplio reconocimiento no solo por su seriedad y su independencia sino por el propio estilo y autonomía la de los servicios informativos que representaba. ¡Qué tiempos!

No podían durar. Cuando acabó aquel preludio de la cadena autonómica, Hilario emigró a Canal+ para iniciar una aventura que se prometía interesante (incluido su papel estelar en Los Guiñoles y sus buenas noches, noches), pero que se frustró por muy diversas razones. De allí, a Telecinco para acabar, una vez completada la absorción, en Cuatro.

Quizás no haya sido esta última su mejor etapa, tal vez exigido por las audiencias como nunca hasta entonces y obligado a prestar atención a cuestiones menores que alcanzaban en la escaleta el papel de relevantes.

Pese a todo, nunca contó con el respaldo de la superioridad suprema y única de ese grupo. Y por eso pasó de Telecinco a Cuatro camino de la calle.

¿El último episodio? ¿La gota que colmó el vaso? Emitir unas imágenes en las que un grupo de peruanos abucheaba a la vicepresidenta del Gobierno en su reciente viaje a Lima.

– Carecían de sentido, adujeron fuentes de la cadena.

– Se habían captado de YouTube, como tantas otras que se emiten a diario, y no se sabía a qué respondían exactamente, explicaron otros.

– Es el derecho a la información en versión privada, decimos otros.

La gota cayó a última hora de la tarde del lunes 21 de julio. Media hora después de concluido el informativo, la superioridad pidió explicaciones de lo ocurrido. La estaba echada. Se consumó apenas tres días más tarde.

– Nada de particular, dicen.

– Pero, más allá de lo particular, ¿qué queda del periodismo?

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