De la Guerra Civil se ha escrito mucho, pero de la Guerra Civil se ha dicho poco o, tal vez, se ha hablado menos desde la intimidad de quienes la vivieron que a través de relatos académicos o externos. Historiadores, analistas militares, sociólogos, intérpretes de lo acaecido y de sus consecuencias han dejado opiniones abundantes, diversas e incluso imprescindibles. Sin embargo, muchos de los que vivieron y participaron en la Guerra Civil callaron sus propias razones y, aún más, sus sentimientos durante la contienda y mientras duró todo lo que se derivó de ella. Demasiado, mayoritario silencio.

Hubo voces, sí, gritos incluso, desde el bando vencedor, para aniquilar definitivamente a los vencidos y para rearmar a quienes, aunque vencedores, no lograron acallar ante sí mismos su responsabilidad en una experiencia inaceptable que multiplicaba las víctimas después incluso de concluida la contienda. A unos se les obligó al sigilo con la violencia y el descrédito. Para los otros no hubo conjura ni imposición de silencio, porque ellos mismos asumieron la voluntad de callar, de evitar explicaciones y recuerdos, de esconder la experiencia de la barbarie y el sinsabor de una victoria cargada de derrotas personales y colectivas.

La muerte, tan cercana, fue la única certeza. También, tal vez, el miedo. El temor a nuevas vejaciones o a la frustración que generaba una victoria basada en la barbarie y cada día más ajena a la esperanza y a la vida. Muchas personas que supieron de la Guerra Civil, en los años posteriores, pese al silencio de quienes participaron directamente en ella dentro del bando vencedor, lo fueron comprendiendo a través de detalles y de ese mutis colectivo de quienes tuvieron la decencia o la inteligencia de saberse responsables de la ignominia.

Por eso, El monarca de las sombras, la última obra de Javier Cercas, puede resultar apasionante. Porque el libro que el escritor de Ibahernando (ni extremeño ni catalán) no quería escribir tal vez era, para él, inevitable y tal vez sea, para muchas personas que han compartido experiencias y sensaciones parecidas, imprescindible. Para entender lo que pasó; no tanto el hecho histórico como las experiencias íntimas, incluso recónditas, que la Guerra Civil provocó: el legado de la guerra. Porque, dice Cercas, “no somos culpables de los errores de nuestros antepasados, pero sí responsables, porque hay que ser conscientes de nuestra herencia”.

El autor de Soldados de Salamina (con la que está estrechamente relacionada El monarca de las sombras, aunque concebida desde el ángulo contrario), de Anatomía de un instante, Las leyes de la frontera  o El impostor) vuelve a adentrarse en un territorio literario complejo, en el que se suceden la crónica histórica con el relato personal, el rigor escueto y la emoción secreta y, siempre, la búsqueda: las preguntas que invitan a la duda y estimulan la reflexión para, sin caer en la equidistancia o la ambivalencia, asumir la realidad con sus múltiples matices y no pocas contradicciones.

Esa indagación transcurre a través de un doble narrador, el historiador y el escritor; el primero se atiene a la veracidad de los documentos, que no siempre revelan la verdad, y el segundo se entrega a desvelar la autenticidad de lo íntimo. Y así es cuando se habla cobre la Guerra Civil o sobre la emigración, sobre el mundo rural, sobre el silencio, sobre el relato que pretende hacer hermosa la barbarie y el que esconde la decepción real de la batalla y de la muerte. Otra vez el texto literario (en este libro apenas se puede hablar de ficción) se impone como la forma de expresar lo más profundo y, por eso, se repiten las citas de Ulises y Aquiles, de La Iliada y La Odisea, pero también de El Quijote, de Dino Buzzati (El desierto de los tártaros) y, a través de él, de Kafka.

Se podría repetir, otra vez, respecto a Javier Cercas que “el aparente despojo literario sobre el que se construye la narración, a favor de la espontaneidad oral (en el caso de El monarca de las sombras, en la parte del escritor) , remite a un legado cultural profundo e ineludible. El desvelamiento de la arquitectura de la novela (o lo que sea), que en algunos momentos la aproxima a un reportaje sobre su construcción, convierte la ausencia absoluta de intriga en un ejercicio apasionante, sobre todo, por su carácter envolvente”.

Es Javier Cercas (o Javi). El que cuenta la historia de Manuel Mena y la de Blanca y, a través de ellos, la de tanta gente. Muchos lectores reconocerán a personas con nombres y apellidos. Y todos tendrán la obligación de saber que existen y, aún más, existieron.

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