Pocas veces he leído un libro tan lleno de interrogantes, tan rotundo de afirmaciones y, por encima de todo, tan adolescente; dicho esto último en un múltiple sentido: por los personajes que vertebran la narración, por la radicalidad de los asertos, por las inseguridades que invaden en muchos momentos el primer plano del relato o, simplemente, por esa necesidad de entender y explicar todo para comprender que solo es cierta la incertidumbre. Una indagación adolescente para un respuesta plena de madurez. Ese es el fruto de un autor que, pese a su condición de veinteañero, muestra y, sobre todo, expresa una actitud reflexiva consecuente con un bagaje teórico y cultural indudable.

La ambición del proyecto es coherente con su complejidad. La trama puede parecer en algún momento una excusa marginal para aflorar cuestiones tan fundamentales como el sentido de la cultura, la religión, la ideología, las clases sociales, la familia, la educación, la filosofía, los valores y casi todo lo que a una persona de este tiempo, con voluntad de entenderse a sí misma y a explicarse, debe preocupar. Sin embargo, la historia adolescente sobre el que se articula el relato es la que conduce en su aparente cotidianeidad, entre la vida y la muerte, el azar y la necesidad, a esa reflexión, profundamente teórica, superestructural, aunque enraizada en una trama sin artificio.

Hay en este libro referencias o reconocimientos de otras propuestas y otros escritores, alguno especialmente próximo para el propio autor. No puede ser de otro modo, tanto por las circunstancias del propio narrador como porque ese es también el asunto del que se trata: la cultura como cuestión central de la experiencia humana, incluso en las situaciones aparentemente más ajenas a ella; fundamento de la perplejidad a partir de las propias respuestas que tratan de resolver la duda sistemática, la interrogación permanente, la negación de lo que un instante antes pudo ser verdad.

Viene todo esto a cuento de un libro, Principio de incertidumbre, del que es autor David Matías (1986) y publicado en 2012 la Editora Regional de Extremadura.  Interesado previamente, bien es cierto, por cierta afinidad con el autor a propósito de otras casualidades que aquí y ahora no vienen al caso (aunque vendrán), los comentarios son el resultado de la sorpresa o, mejor, para ahorrar suspicacias o falsas interpretaciones, del descubrimiento del relato y su articulación, y no la ratificación de un prejuicio basado en el respeto y el afecto, aunque ambos sentimientos sean ciertos.

Si ya me agradó el título del libro, Principio de incertidumbre, ahora puedo asegurar que lo comparto hasta el extremo de proclamar la incertidumbre como objetivo final.

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