El lector de periódicos se levantó un miércoles y comprobó que era 30 de enero. Se aproximaba el final de mes, la conclusión de la tópica cuesta e incluso, aunque aún hubiera que esperar un rato, del frío. De la indignación, no.

El juez ha pedido a Urdangarín y a su socio más de ocho millones de fianza para hacer frente al dinero presuntamente defraudado a las diferentes administraciones públicas. La Casa del Rey se atrancaba ante la imputación del asesor recomendado a la infanta y a su consorte, porque parece que asesoró a la pareja por la culata.  El dictamen del juez no solo afirma que alguien ha robado, y mucho, a alguien, sino que pone nombres, apellidos, casos y cuentas que parecen el caballo de Troya instalado en el Palacio: una zarzuela de relojería.

La radio informaba sobre la sesión de control en el Congreso de los Diputados, donde se pasaba revista al caso Bárcenas. El presidente del Gobierno contestaba con una contundencia demoledora: “lo que usted me dice se lo digo yo a usted”. Demoledora respuesta, sí, para su propia credibilidad. Porque, pensó el lector (ahora oyente), “si yo soy como usted y usted no se entera, ¿qué soy yo?; y si usted es un corrupto, ¿entonces?; y si se lo ha llevado en crudo, ¿no me habré liado en el argumento?”.

En pleno debate, el ministro risitas, señor Montoro, negaba por enésima vez que Bárcenas se hubiera aprovechado de la amnistía fiscal, lo que contradecía los documentos que, poco después, el tal Bárcenas presentaba en la Audiencia Nacional. Ya lo dijo el filósofo: no hay peor sordo que el que no puede ver, porque además de sordo es ciego. En este caso, no hay ministro más tonto (caso frecuente) que el que va de listo, porque además de tonto renuncia a su coartada; a fin de cuentas, el resto de la humanidad tampoco va muy allá, porque el mono aún nos queda demasiado cerca.

Otro juicio ponía de manifiesto la putrefacción del deporte. El acusado como gran dopador, se hacía pasar por hermana de la caridad: todo por la salud de quienes tanto se esfuerzan, nula colaboración con el consumidor de cocaína, todo el apoyo para acabar con el prestigio de cualquier primo ajeno a la orden.

Los periódicos hablaban también de la compra de votos de la candidatura del próximo Mundial de fútbol por un país que debía estar bajo vigilancia judicial humanitaria, aunque se lave la cara como patrocinador del mejor equipo del mundo.

Esta es la arquitectura de la sociedad en que vivimos. Una metáfora, si. Con un arquitecto ejemplar, también metafórico, de apellido Calatrava, que sedujo a todos y alcanzó un reconocimiento internacional pleno, pero que, comprobada la proporcionalidad entre el elevadísimo coste de sus obras y la elevadísima celeridad de su deterioro, se resquebraja al ritmo con el que se agrietan sus palacios.

Para qué seguir. Mejor esperar a que pase el día, el mes, la cuesta o el frío. La indignación, no. Es lo único que aún no han robado.

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