El candidato a presidente del Gobierno cumplió el papel que le correspondía en la sesión de investidura. Lo hizo extensamente, a tenor del tiempo empleado, casi dos horas; pero no completamente, porque evitó dos cuestiones fundamentales. Una, capital en este momento: Cataluña. Y otra, imprescindible para la gobernabilidad a la que debería conducir su propuesta: la búsqueda de una mayoría activa y suficiente, para la que, al menos en principio, no deberían bastar abstenciones pasivas abocadas a la incertidumbre.

Las dos objeciones, sin embargo, no impiden reconocer que el candidato articuló un programa de gobierno amplio y claro, de tono netamente progresista, que, pese a las vaguedades propias de una amplia relación de iniciativas –siempre necesitada, además, de consensos–, bien hubiera merecido la consideración de la cámara e incluso la de los analistas tutólogos a través de los que en estos tiempos se trasladan los mensajes que importan a la ciudadanía.

Hubo programa –salvo en las dos cuestiones señaladas–, pero la realidad demostró que tal asunto importa poco. Nadie lo discutió, nadie contravino las propuestas. Dio la impresión de que quien estaba ejerciendo la función que le correspondía era el único que se encontraba fuera de sitio.

Metidos en faena, en el fragor de la disputa partidista, que es a lo que el personal atiende, el candidato sorprendió pidiendo permiso a sus principales opositores para entronizarse en el gobierno. Tenía razón el candidato al argumentar que tanto PP como Ciudadanos le pedían un compromiso con los aliados que ellos reprobaban. Pero el argumento saltaba por los aires al reclamar la misma abstención que el PSOE brindó a sus antagonistas en otro momento parecido y cercano, porque, más allá del partido, el ahora candidato estuvo entonces tan en contra que se del Parlamento con un portazo.

Los representantes del PP y Ciudadanos anticiparon la bronca en la que están empecinados y la sesión se dirigió al verdadero centro de interés.

El silencio del candidato respecto a la relación con su presumible socio en la intervención inicial ya había dejado un tufo asfixiante: ¿qué había pasado en el proceso supuestamente negociador y previsiblemente roto entre PSOE y Unidas Podemos? Al mutis del aspirante, le había respondido el dirigente morado negándole el aplauso al término de su intervención y cualquier signo de complacencia.

Visiblemente enojado, con la mirada torva, no tuvo el menor signo de condescendencia ante un interlocutor poco explícito y menos pródigo en mensajes que estimularan a la complicidad y a la empatía. El programa presentado por el candidato no mereció la más leve consideración de su real oponente, a tenor del tono y la actitud empleados por él. Tan solo importaba la articulación del gobierno que debería ejecutar no se sabe qué plan. El candidato a presidente se vio contra las cuerdas a la vista del colosal desacuerdo. Y tuvo que poner sobre la mesa lo evidente: la desconfianza mutua, en lo personal y en cuestiones programáticas sobre las que habían tratado de pasar de puntillas.

La intervención del representante de los Comunes, aliados de la formación morada en Cataluña, acabó con la simulación y ayudó al dirigente del PSOE a constatar las dificultades casi insalvables de un acuerdo con muchos visos de encallamiento e incluso de encanallamiento. Y en ese momento algunos comprendieron el silencio atronador sobre Cataluña en la intervención inicial del dirigente socialista. Aquella cuestión central conducía a la ruptura definitiva ya fuera como argumento, como excusa o como trampa. ¿Cómo unirse, con perspectivas tan dispares, en un asunto que no solo ha escindido a Cataluña, sino que amenaza también con partir a España?

La política se desarrolla en estos tiempos por caminos sinuosos que no siempre están al alcance del entendimiento de algunos humanos. Si la única salida de la situación política actual requería un programa estimulante, la sesión de investidura ha destrozado el argumento; ha demostrado que eso no le importa a nadie. Si el acuerdo entre PSOE y Podemos les pareció posible a muchos analistas en las vísperas, el acto solemne del Parlamento puso de manifiesto que la retirada del máximo dirigente de Podemos del cartel del posible gobierno abrió de par en par la puerta a la ruptura irreversible.

Y así están las cosas. El espectáculo se siguió en vivo y en directo. Otra cosa es que alguien entienda los modos de esta política. El circo es un espectáculo más digno; al menos, hasta que los animales salvajes aparecen bajo la carpa.

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