El PSOE es una maquinaria de autodemolición. Antes de combatir las ideas o las estrategias adversarias, hace prácticas contra sí mismo. Padece un síndrome de autodestrucción. Los genetistas tienen tarea para detener el empeño de esas células.

Sus sufridos militantes sobrellevan el poso, y el peso, de su última crisis. Pasa el tiempo. Se sienten aliviados gracias al hastío general y al bullicio patético de ciertos rivales, también afectados por el síndrome de la izquierda. Preparan el retardado congreso a la búsqueda de un rumbo (el que sea) y encargan sus ponencias más relevantes a dos personajes hasta aquí merecedores de respeto; lo tiene Eduardo Madina y, aunque haya navegado entre dos aguas, lo tenía José Carlos Díez.

Este ha dilapidado en 48 horas escasas el crédito de hombre moderado. Su frase quizás tuviera otra intención, pero sonó –no podía ser de otra manera– como un tiro o una ráfaga: “Si se aplicase la renta básica, habría que poner francotiradores contra los inmigrantes”. Se puede–tratar–de–entender (cuestión de buena voluntad­) que el economista, preguntado sobre la viabilidad de la aplicación con carácter general de una renta básica, quiso explicar sus dificultades; por ejemplo, que los sectores conservadores que gobiernan el mundo exigirían no ya muros o leyes antiinmigración, sino directamente la defensa de las fronteras con armas y ejércitos.

Mas… se pasó de rosca. Pidió perdón por la expresión, un riesgo del directo. Y dejó latente el desconcierto de muchos ante una realidad, la inmigración, que concita bellas palabras y actitudes repugnantes al unísono. La izquierda ha encallado en un asunto capital para su propio reconocimiento. La derecha tomó posiciones y alentó las peores pasiones. Pero su xenofobia caló y dejó a los demás sin alternativa, porque la propia sociedad la impide. El discurso antiinmigración ha calado tan hondo que hasta el último socialdemócrata que quedaba en el Reino Unido ha reculado impúdicamente.

Da la impresión de que cualquier mensaje proinmigrantes puede convertirse, en el terreno político, en una rémora insalvable. Sólo queda el funambulismo: palabrería desde las alturas y una red bien tupida contra el descalabro de los hechos.

¿Merece la pena una izquierda así, en el alambre? ¿Ignorar la realidad resuelve el problema? ¡Estamos atrapados!

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