Dos meses después de las elecciones, con todo por decidir, comienza la semana definitiva. De nada sirvieron la indolencia y los aspavientos, las renuncias y los escarceos. Cada vez que se habló de algo se pensó y preparó lo contrario: se ejerció la política estrábica. Todo incierto.

Ethxiste una posibilidad. La misma que se podía prever desde el comienzo, la que negaron los implicados por miedo o por despecho. La de una parte del espectro ideológico, porque en la otra sólo había soledad y silencio frente al ruido indigesto de las cloacas. A la postre, aquella posibilidad se pone a prueba. ¿La quiere alguien? ¿De los implicados, de los aparatos dirigentes?

Quizás, sí, pero sin dejar de incitar al desacuerdo o de preparar el terreno por si el conflicto se impone. El éxito limita con el fracaso. También con el ridículo: el que se negó a intentar su propia propuesta se afana en pregonar su iniciativa y el que alienta el conflicto por las mañanas se yergue como paladín del acuerdo por las tardes.

Los que parecían llamados a negociar el compromiso más esperado, hasta hace unos minutos no se habían hablado, salvo para proferir exigencias o amenazas. ¿Qué esperamos?gestion de conflictos

La insistencia de Alberto Garzón y, tal vez, de Compromís merece reconocimiento. Del PSOE cabe dudar sobre sus convicciones y su predisposición. De Podemos consta que no ha parado de buscar un protagonismo, en términos negociadores, obsceno.

De ahí debe salir un programa de gobierno y un gobierno. Tienen siete días. Parece demasiado, por lo excesivo del objetivo y la escasez de tiempo. Para el desplante definitivo quizás falte lealtad a los ciudadanos y sobren días. Esperamos y veremos.

Y en cualquier caso será importante. Habrá que tenerlo en cuenta.

 

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