La izquierda se rompe. La izquierda se desangra.

Izquierda Unida cede una vez más ante la tentación cainita. El PSOE lleva en sus genes el espíritu de la contradicción.

IU destrozó el símbolo de su gestión municipal, Rivas, por disputas internas y convirtió al pueblo en el que los madrileños querían vivir (por sus servicios, sus infraestructuras, su vitalidad) en una cueva donde escondían ambiciones, irregularidades e incluso corrupciones. De aquellas trifulcas salieron las acusaciones contra Tania Sánchez por decisiones que todos habían tapado, pero que el tiempo convirtió en armas de efecto retardado.

El PSOE carece de capacidad para imponerse a la banalidad de sus dirigentes y de su discurso, arrinconando incluso sus mejores propuestas. Rubalcaba dejó un legado en Granada y Madrid que solo guardan algunas hemerotecas, porque él mismo lo ocultó, nadie lo creyó y los sucesores prefieren la tradicional tendencia a la intriga para salir a flote sin necesidad de sujeción a algo sólido y firme.

En la coalición  de IU se libra en estos días una disputa por todo lo alto. Las bases y los simpatizantes que han pasado por las urnas parecen dispuestos a un cambio de estilo y de generación. El coordinador general, Cayo Lara, adusto y en muchos momentos impulsor de un aparato inmisericorde, parece haber asumido la necesidad de un nuevo rumbo, aunque sin haberse liberado de las presiones de los poderes pretorianos con los que él mismo encastilló a la formación. Alberto Garzón trata de convencerse a sí mismo de que será el cartel electoral de la coalición en las generales que vendrán, aunque las convergencias que auspicia en ayuntamientos y comunidades puedan abocar a su formación a la irrelevancia o al sumidero electoral.

El PSOE acumula maniobras de muy distinto signo que, pese a su valor táctico o de medio plazo, los propios dirigentes implicados se encargan de arrumbar: por ejemplo, el adelanto electoral en Andalucía, la posibilidad de tender puentes con Podemos… En contrapartida ponen caras y nombres en los debates televisivos y radiofónicos que conducen a la gresca y al desprestigio. Así cabe la posibilidad de que algún barón central se convierta en motivo añadido de desastre: Tomás Gómez, por sus fechorías, y Pedro Sánchez, por su inanidad y alguna otra razón, pueden añadir leña al incendio.

Militantes y simpatizantes de IU eligieron a Alberto Garzón, Tania Sánchez y Mauricio Valiente como candidatos a la presidencia del Gobierno, de la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid respectivamente, con un programa de convergencia con otras formaciones en ascenso. La vieja guardia madrileña, atrincherada en sus puestos, no se apeó de sus cargos e incluso resistió las presiones de la dirección nacional. Su connivencia con quienes usufructuaron las tarjetas black se confrontó con las telarañas que descubrieron en el baúl de Tania Sánchez, sospechosa de chanchullos y, sobre todo, de ser un submarino de Podemos. La derecha se frotó las manos, porque atacando la a ella también lanzaba acusaciones contra la verdadera fuerza emergente. La pelea interna se desató ya sin tregua ni formalismos. De los recién electos, ella optó por la estampida como respuesta y los otros, a regañadientes, por esperar su oportunidad con la confianza de que algunos de los que todavía controlan los mandos del aparato sean enviados al paro.

El PSOE, incapaz de una respuesta radical capaz de quebrar la profunda pérdida de credibilidad en que está sumido, se entrega a una serie de prácticas tactistas y contradictorias que profundizan la desconfianza ciudadana. Los medios de comunicación ayudan a la debacle, porque a un boxeador noqueado le basta un pequeño empujón para dejarlo, definitivamente abatido, sobre la lona. El líder de la formación busca más su imagen que la de su formación, la foto del hombre apuesto que una propuesta capaz de recuperar la identidad perdida, el tono condescendiente con quienes han crecido a sus espaldas que la firmeza de un rumbo sin ambages ni rémoras.

La guerra deja maltrecha a IU, pero también agosta la regeneración de un modelo de formación política que, como ellos mismos han demostrado, se ha agotado y a estas alturas apenas puede ser útil para lo que el nuevo tiempo reclama. Y es grave, porque en IU se han guardado en los últimos años programas, valores y una tradición de izquierdas que, aunque merecedora de una revisión profunda, ha mantenido, como mínimo, una nítida distancia respecto de la tendencia dominante dispuesta a negociar objetivos, valores y estrategias con el poder económico y financiero; porque ha sido, al menos, una voz discrepante, tal vez carcomida por una actitud política rancia, interesada en preservar cargos y estructuras e incapaz de revisar los clichés de un programa sin capacidad transformadora  y por ello inadecuado para una sociedad imposible de domesticar con la mirada solo puesta en el retrovisor.

El tiempo deja cada vez más inane a un PSOE abúlico, sin voluntad de reacción y, lo que es peor, con unos dirigentes insustanciales o añejos, que, en algunos casos, arrastran un pasado poco edificante. La socialdemocracia a la que ellos a veces aluden es poco más que una palabra escrita en su memoria, que no aciertan a conjugar en tiempo presente, por lo que prefieren gritarla  en las tertulias donde confían confundir a gritos a unos espectadores perplejos por sus sinrazones y las de los demás.

Con todos sus defectos, IU ha sido una organización testimonial, más que socialmente relevante, pero parecía hallarse en un momento propicio para replantear su destino y sus fórmulas. Las ha resuelto de la peor manera, con golpes bajos, disputas y portazos. Sin saber si lo que importa es el valor de unas siglas que aún guardan el testimonio de un pasado lejano, el viejo PCE, o la articulación de una fórmula que pueda incidir verdaderamente en la transformación de la sociedad.

El PSOE tiene los méritos en sus recuerdos o en su nostalgia, cuando coadyuvó a crear un estado abierto al bienestar para el conjunto de los ciudadanos. Después de tanto tiempo y tantas decepciones, era imprescindible una reconversión de la organización y del plan a desarrollar. La ambición de poder de sus cuadros ha expulsado cualquier propuesta de transformación del modelo de partido capaz de merecer la confianza perdida.

IU y PSOE  han tenido una oportunidad, pero todo lo ocurrido vuelve a plantear si de ellos se puede esperar algo más que el tan viejo cainismo que tanto ha abundado en  las organizaciones de izquierda.

Entonces, la izquierda…

¿se rompe o se desangra?

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