Fin de la legislatura. El presidente del Gobierno convoca elecciones. El Parlamento se reduce a una comisión permanente. Mariano Rajoy acude a una rueda de prensa y, ya de noche, comparece en TVE. Una entrevista prehistórica, entre muertos vivientes, con alucinaciones en forma de vídeos ortopédicos. ¿Con quién va a pactar?, se inicia el formulario. Nada. Qué más da.

¿Volverá a prometer lo contrario de lo que hará? ¿Para qué quiere ser otra vez presidente que no sea obedecer a quienes mandan más que usted? Eran la dos preguntas que me interesaban. No las escuché. Debí dormirme antes de que Ana Blanco las formulara.

Al despertar, en la radio esta Carme Forcadell, estrenada esa mañana como Presidenta del Parlament con un ¡viva la república catalana! Tras esta proclama contra la legalidad, se declaró demócrata antes que independentista. Balbució otras respuestas para tratar de esconder la radicalidad de lo que seguramente pensaba. Nadie preguntó si su brindis violaba la decisión popular: el plebiscito que ella misma alentó con entusiasmo propio y dineros ajenos se resolvió con una mayoría contraria a los grupos independentistas. La CUP lo expresó sin ambages la noche misma de las elecciones. A la mañana siguiente aquella declaración tenía el valor de su borrachera. No, tampoco escuché las preguntas que me importaban.

Por la mañana, las respuestas se acumularon por este orden:

La guardia civil registra la casa paterna y un par de domicilios filiales de los Pujol, mientras prosiguen las pesquisar sobre la red corrupta de CDC.

Los dos grupos independentistas del Parlament anuncian una moción para iniciar el proceso de creación del Estado catalán independiente.

El todavía presidente Rajoy sale a decir que “el Gobierno hará valer la ley” frente a la provocación.

La interina vicepresidenta Munté reprocha las amenazas del presidente frente al mandato popular que se aprestan a cumplir.

No importa que el mandato popular fuera el contrario del que dicen que fue.

Importa que estas actitudes se alimentan mutuamente. Que a Rajoy le hacen fuerte los independentistas en la misma medida en que Rajoy los hace fuertes a ellos. A cada cual en su ámbito.

E importa, y mucho, que ambos esconden con su encono lo que los hechos gritan: el fraude y la podredumbre que a ambos socavan y que abonan esta aversión que mantiene vivos a los muertos.

Esta es la  realidad: sólo ellas explican las apariencias.

Mejor apartarla. Como si fuera otra cosa distinta a lo que discutimos. Como si perteneciera a otra época. Para no mirarla, para no moverla. Para no reconocer que estamos en una legitimidad de mierda.

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