En muchos lugares las urgencias ciudadanas se imponen al deseo de libertad. La desigualdad, la falta de seguridad y la corrupción abruman al raciocinio. ¿Qué hemos hecho para devaluar la libertad a la condición de instrumento prescindible? Lo explica Martín Caparrós en un artículo titulado Cumpleaños argentino: “La democracia no se ve en condiciones de dar respuestas a los males que ella misma parece haber creado, los políticos no encuentran argumentos, las ideas nuevas no aparecen”.

En consecuencia, “la discriminación, la mano dura, los discursos guerreros reemplazan otra vez a la solidaridad, la apertura, la búsqueda. Orden más que justicia, seguridad más que esperanza. Democracia era la forma de llamar a esa esperanza; ahora ya no. Ahora, en nuestros países, no tiene nombre y está buscando uno”.

Brasil y Alemania ofrecen estos días hechos inquietantes:

Brasil ha vuelto a poner sobre la mesa que las dictaduras son compatibles con elecciones libres. Solo hace falta que la mayoría apoye al dictador y, luego, se someta.

A Merkel no le pasa factura lo que hizo mal (imponer la austeridad como doctrina) sino lo que hizo bien (acoger a dos millones de inmigrantes en su territorio).

 

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