El pensamiento mágico, la posverdad, los hechos alternativos o el mito de lo natural, entre otras muchas milongas, se nutren de la desconfianza que generan los intereses de determinados consorcios económicos entregados a la especulación antes que al conocimiento. Quizás sea verdad.

Sin embargo, hay algo irrefutable, algo que no admite debate: la defensa inequívoca del método científico sobre cualquier otro criterio de acceso a la verdad. Solo el procedimiento de la ciencia garantiza el discernimiento entre lo verdadero y lo incierto, entre lo que podemos dar por seguro y lo que debemos poner en cuarentena, porque quizás no sea más que un cuento chino, el timo de un charlatán de feria, el tocomocho de un iluminado o el sablazo de organizaciones sin dignidad ni vergüenza.

La cuestión está en el debate público tras la toma de posición de numerosos científicos contra la homeopatía y otras prácticas sin respaldo científico. No obstante, más allá de las cuestiones concretas, el fondo de la cuestión es otro, el que plantean los manifestantes a favor de la ciencia: el reconocimiento del método científico como única norma capaz de distinguir con rigor lo demostrable de lo incierto.

La mayor paradoja se produce cuando la magia o el esoterismo se revisten de hecho alternativo, se convierten en religión y son acogidos en su propio relato por la izquierda. Otro elemento más del magma de la confusión en que habitamos.

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