La distancia entre las anteriores elecciones y las de hoy se mide en unos pocos meses de diferencia, en las dimensiones monumentales del bloqueo impuesto por todas las fuerzas políticas a la negociación de un gobierno viable y en la atosigante influencia de unos cuantos influencers, que actúan bajo diferentes denominaciones (o profesiones) y que conciben la política como un juego por el poder con reglas e intereses autónomos y con frecuencia ajenos a la voluntad de mejorar la vida de los ciudadanos y transformar la sociedad en que vivimos.

Del bloqueo que ha llevado a esta enésima repetición electoral se ha hablado y escrito con tanta profusión como ineficacia, porque los ámbitos de decisión estaban tomados por auténticos yonquis de la política. Personajes adictos al juego (de tronos o de póker) que, mediante argucias y manejos (con frecuencia, de trampas y mentiras), buscaban lo único para ellos importante: la satisfacción que les provoca esa afición compulsiva a la estrategia.

El ciudadano normal percibe atónito cómo los líderes cambian de rol o de chaqueta en función del movimiento de las fichas o las cartas y acaban entregados a las explicaciones de unos ludópatas a los que les importa más el juego en sí mismo que el resultado de la apuesta –el sonido de la máquina que las monedas–, a sabiendas de que ellos no acabarán en una clínica de desintoxicación porque los ciudadanos pagan la ruina y la juerga.

El problema resulta especialmente grave en la medida en que los responsables se envician o se someten a las reglas de ese juego ajeno a los auténticos intereses de la ciudadanía, en que los medios de comunicación se insuflan la adrenalina que recorre las venas de los adictos y que la sociedad acaba creyendo que la política se rige por normas viciosas cada vez más arraigadas e incluso consideradas irrefutables; quien se atreva a rebatirlas será descalificado como utópico o ignorante.

Para estos yonquis nada mejor que unas elecciones cada quince días. Sus habilidades, sus tretas, sus fullerías quedan validadas o desprestigiadas a la velocidad de las tragaperras. Y esa emoción casi instantánea les estimulará a probar su capacidad estratégica a la vuelta de cada esquina.

Por eso no caben confianzas. Pase lo que pase, esta realidad seguirá dominando la actividad política. Viene siendo así desde hace tiempo. Además, cada vez que la emoción se impone al raciocinio, el impulso de la adicción se expande. Una ludopatía, una adicción perversa, se ha suplantado el ejercicio de lo que en algún tiempo, allá por Grecia, se denominaba Política.

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