En medio de enormes turbulencias políticas, el debate se centró en el fútbol. Bastó la eliminación de la selección española a pies de un equipo de tercer nivel, un maremoto futbolístico, y los argumentos se trasladaron de un lado a otro. Algo similar ocurre cada vez que uno de los equipos grandes pierde un par de partidos consecutivos. “Los principios no se negocian”, se dice, por ejemplo. ¿A qué viene eso? Las metáforas sorprenden.

La controversia se traslada del campo de fútbol al foro ciudadano. El estilo o la victoria, el sentimiento o la mesura, el fracaso absoluto o el éxito total, los principios o la negociación. Hay que distanciarse de huracán.

El estilo, salvo que se cambie el reglamento, no es más que el instrumento a través del cual se busca el objetivo final. Y ese no es otro que la victoria. No cabe otra, salvo que el fútbol cambie. Hay aficionados a quienes les gustaría que el estilo tuviera reconocimiento e incluso premio, pero ninguno propone que se renuncie al gol.

En política el estilo tampoco tiene recompensa en sí mismo. Triunfó la moción de censura y parecía que la meteorología se tornaba más benévola. Pero pronto arreció el vendaval de los malos modos. El estilo, la corrección, el respeto, la voluntad de acuerdo o de pacto desaparece. Basta con pasar del gobierno a la oposición.

El sentimiento conduce a la pasión, esta a la furia y por ese camino se llega a la barbarie. Así es el trayecto del hincha, que olvida lo que el deporte tiene de juego, de esfuerzo y cooperación, de autoexigencia y de placer para quien lo practica o lo disfruta.

Lo mismo ocurre en la política cuando el análisis y el debate se someten al criterio de la simplificación, de las mentiras, del imperio de la imagen sobre el raciocinio, del fanatismo partidista, del ansia de poder por encima de la voluntad de cooperación. Cada vez más, la política sigue la senda que marca el fútbol.

Los medios de comunicación, también. Cada vez más, la información política sigue la senda que marca la futbolística. Doble desastre.

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