Cuando las acciones que regulan la convivencia de la sociedad se sitúan en el ámbito supremo de la verdad y la ética, la política se confunde con la religión y el totalitarismo acecha. De la fe se alimentan las sectas.

Cuando la política se aleja de la religión, el interés de los ciudadanos sustituye a la verdad y la participación colectiva se convierte en el instrumento necesario para resolver los conflictos que plantean las legítimas ambiciones en liza. Se olvida la guerra y se reconoce la ciudadanía.

En ese espacio la distribución de la riqueza, el bienestar y los derechos adquieren un valor negociable en un marco nada neutral, porque a lo largo del tiempo en la sociedad en general y en las comunidades concretas se han ido arraigando relaciones desiguales en función del poder de unos frente a otros.

Salvo en situaciones de dominación extrema, solo la acción política se ofrece como el instrumento de negociación capaz de corregir abusos y establecer nuevos contratos perdurables. Pero todo ello hay que hacerlo en el marco de una realidad que acumula defectos y complejidades.

En ese contexto el ejercicio de la política está obligado a atender principios y planteamientos racionales sin obviar la confrontación inevitable entre la nobleza de los objetivos y las miserias de determinados intereses abierta o camufladamente instalados en la sociedad real.

A partir de esas certezas el afán inmediato y cotidiano ya no consiste en la implantación de nuevos paradigmas sino en la consecución de mejores condiciones de vida para el conjunto de los ciudadanos. Y eso obliga muchas veces a elegir no ya entre lo bueno y lo malo sino entre lo deseable y lo posible, y a decidir, en algunas ocasiones, con la nariz tapada.

De un tiempo a esta parte la realidad de algunas sociedades occidentales ha experimentado un importante retroceso respecto a las expectativas que parecían asequibles en etapas anteriores. La política ha entrado en un trance oscuro. En ese contexto olvidar la importancia de lo inmediato y lo concreto en aras de lo inviable equivale a renunciar a la negociación; es decir, a lo alcanzable.

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