Ignacio Sotelo, a quien un día obligué, con un atrevimiento sólo explicable por la excitación del momento, a que me narrara desde la ventana de su casa en Berlín lo que estaba ocurriendo en el muro que los propios alemanes empezaban a destruir para transitar de un lado a otro sin impedimento, ha propuesto esta reflexión:

“El socialismo no tiene la menor posibilidad de sobrevivir, si no reconoce el fracaso de las tres versiones que ha puesto en marca e  el siglo XX. El modelo estatal colectivista de la revolución bolchevique naufragó a lo más tardar en 1990, dejando tan solo una pesadilla en la que se combina la ineficacia con el terror, pero 20 años antes ya había empezado a desmoronarse el modelo socialdemócrata keynesiano, que por la vía democrática aspiraba a lograr una sociedad en la que estuvieren garantizados la igualdad de oportunidades y un nivel de vida digno para todos. La crisis actual ha hundido la última versión ‘débil` de la socialdemocracia, la tercera vía británica, que en un mundo globalizado había aceptado el neoliberalismo como última expresión de la racionalidad económica, con la pretensión ilusoria de poder frenar el desmantelamiento del Estad social.

“El desmoronamiento se explica por los cambios socioeconómicos que han dejado a las tres versiones del socialismo sin base social. La impotencia creciente del Estado –en España aún mayor por su desmembración interna– elimina no ya solo el modelo estatal colectivista, que muestra otros fallos de mucho mayor calado, sino también el social demócrata keynesiano, al que todavía se remiten flecos de una izquierda residual. El hecho fundamental de que el trabajo haya dejado de ser el eje central que articula la vida de amplias capas sociales ha significado un golpe definitivo a la socialdemocracia, incluso en su última versión débil. Aunque se cuente con las cualificaciones necesarias, ya no esta garantizado un puesto de trabajo de por vida. La mayor parte de la población tendrá que acostumbrarse a saltar de una colocación a otra, cambiando a menudo de actividad, con periodos intermedios, más o menos largos, de desempleo.

“Esta desarticulación del mundo del trabajo elimina de raíz las clases sociales que surgieron con la revolución industrial y comporta una fragmentación creciente de la sociedad. Sin ‘clase trabajadora’ se hunden sindicatos y partidos obreros, y con ellos la sinergia que dio vida a la socialdemocracia. Los asalariados, que incluyen a un buen número de parados, no forman ya un bloque unido, sino que los segmentos resultantes tienden a desarrollar culturas diferentes, con una divergencia creciente en el comportamiento electoral. Personas de los grupos sociales más dispares pueden votar cualquiera de las opciones, aunque hasta ahora haya que dejar constancia de una cierta inclinación a la derecha, incluso a la extrema”.

Abróchense los cinturones.

El discurso de Sotelo es más amplio. Y está comentado también en lagardeideas/días.

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