Los relatos de parte de uno u otro nacionalismo, de una u otra radicalidad, se muestran más atentos al dogma que a los hechos, más próximos a la ficción que a la comprobación empírica, más fieles a la religión que a la ciencia. En medio de ellos, a su juicio, no queda nada: o conmigo o contra mí, o nosotros o ellos; la equidistancia es el territorio de los pusilánimes, de los que desean ocultar su condición de adversarios, de los buenistas que se niegan a aceptar la verdad; en definitiva, de los cómplices de losotros.

En ese marco se desarrolla el debate público en la sociedad contemporánea: una confrontación hecha a gritos, con eslóganes ajenos, con mentiras repetidas que acaban siendo aceptadas aunque nunca lleguen a ser verdades; con descalificaciones, falacias y ensoñaciones afirmadas a machamartillo, con actitudes sectarias y excluyentes que desprecian lo empírico porque solo la fe los salva.

Sin embargo, se impone abrir la mente por medio de argumentos en lugar de abrir la cabeza del que discrepa. Algo de eso llevan intentando a propósito del procés, pero también en otros muchos ámbitos, Luis García Montero y Fernando Vallespín, representantes de posiciones ideológicas bien distintas.

El poeta granadino ponía sobre la mesa Las paradojas de los comediantes; estas, entre otras:

Las paradojas de la izquierda son más graves, porque los dueños de la prisa han favorecido todo este vértigo para desarticular la política como medio de transformación social. Aquí manda el neoliberalismo ya sea español, catalán o europeo. La izquierda que quiso buscar sus únicas bazas en la sociedad del espectáculo se puso en manos del enemigo. La izquierda que despreció la labor sólida de los sindicatos se puso en manos del enemigo. La izquierda que convierte la pureza en una secta al margen de la ley se pone en manos del enemigo. Y la izquierda que quiso convertir la identidad nacional en uno de sus signos de identidad ha fracasado en su intento al ser incapaz de sostener las razones de este discurso en la desigualdad social y la legitimidad institucional.
Ser español o catalán no significa ahora defender la dignidad laboral de una nación, ni el derecho a una sanidad pública, ni la prioridad de una educación que favorezca la igualdad, ni la seguridad de los jubilados, ni el respetuoso carácter público de las instituciones, ni la dignidad de la cultura, ni la vigencia de los derechos humanos. Ser español o catalán es hoy una consigna de identidades cerradas dentro del mismo modelo neoliberal defendido por los unos y por los otros.

El sociólogo madrileño planteaba la existencia de Guerras identitarias de distracción. Para concluir:

“Ya nada de lo local se explica sin recurso a fenómenos con repercusión planetaria. Y si tuviera que elegir cuál ha sido el tema político central del 2017, lo que los acontecimientos de este año más han contribuido a sacar a la luz, lo tengo claro: la fragilidad de la democracia”.

Sí, esa izquierda tan desnortada y esa democracia tan denostada son, a la postre, aunque frágiles e insuficientes, contradictorias e incluso partidistas, unos de los pocos asideros disponibles y necesarios para no caer en alguna de las nuevas barbaries. Al menos, por el momento. Aunque cada día que pasa esto también puede parecer, pese a su falta de radicalidad, otro acto de fe.

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