Después de haber dado la razón a Iñaki Gabilondo por doble (y contradictorio) motivo, en este tiempo en que se reclama transversalidad (denominación posmoderna que abomina de la lucha de clases e incluso de la ideología dicotómica de izquierda/derecha), me siento en la obligación de concedérsela también a Marhuenda; en otro y sencillo (no doble) asunto.

Durante una tertulia del fin de semana, pasé por delante del rostro despectivo e impasible del director de La Razón después de una intervención larga, injustificada y falaz (¿con quién ha empatado esta señora en este tiempo en el que no es nadie?) de Celia Villalobos. La abortista del PP había elogiado la reforma de la ley del aborto que acababa de anunciar su partido (las menores deberán contar obligatoriamente con la anuencia de sus padres, lo que, aunque parece cambio, difiere muy poco de la ley en vigor), porque ese, así lo dijo, era el cambio anunciado en su programa electoral y añado por mi cuenta que también en sus reuniones con los obispos y en las manifestaciones antiabortistas.

El comentario de la susodicha tal vez invitara a los espectadores a pensar que la reforma urdida por Gallardón y el Consejo de Ministros (con su presidente del Gobierno y del partido al frente) debió ser, no más, que una polución nocturna descontrolada y sin efectos secundarios. Celia (que no es niña de cuento) llegó a insinuar o mediodecir que la ley de plazos es la que ha defendido de toda la vida el PP de toda la vida.

Y Marhuenda estalló de ira: ¡qué vergüenza, qué falta de valor, qué renuncia a las verdades reveladas, qué miseria ideológica!

Tenía razón. Con esta última reformilla anunciada, el PP ratifica la ley que él mismo tiene recurrida ante el Constitucional. Retirar ese recurso sería ahora lo único coherente.

¿Solo lo ha entendido así Marhuenda? A este paso, en vísperas de otras medidas que contradigan los compromisos más consustanciales del partido, este tipo repulsivo se va a quedar solo. Sobre todo, como tenga más veces razón, además de La Razón.

Las dos cosas juntas… ¡lo peor!

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