Hace unos días, reunidos en una concentración frente a la embajada de Estados Unidos, un grupo de amigos se extrañaba de que ya hubieran transcurrido diez años desde que un proyectil lanzado desde un carro de combate norteamericano asesinara a Jose Couso.

Hoy, por el contrario, sorprende reconocer que solo ha transcurrido un año desde que el rey regresara precipitadamente de Bostwana sin saber todavía que, en lugar de abatir él a un elefante, algo parecido a un paquidermo se había abalanzado sobre la familia real española. En aquel instante él podía temer el desperfecto en ciernes como consecuencia de antecedentes más graves, pero tal vez no pudiera calibrar el siniestro total que iba a provocar el tropezón africano.

En los diez años del primer caso habían pasado muchas menos cosas de las necesarias. En uno solo del segundo, muchísimas más de las convenientes. La percepción del tiempo es relativo. O si se  quiere, como decía Kant, un a priori de la experiencia humana.

 

El tiempo y su percepción. La memoria y sus símbolos. Como hoy, 14 de abril. En tal día se proclamó la II República y se dio un paso, o un traspié, decisivo a favor de la III. De 1931 a 2012. El tiempo había rebajado el sueño que representó aquel régimen entre dictaduras y su glorificación por parte de quienes, sin haberla conocido, sufrieron el régimen que había ejercido de verdugo de aquellas expectativas. Y ha bastado un año para que, pese al escepticismo inexpugnable de muchos sectores otrora más entusiastas, se haya vuelto a generar una corriente que ha vuelto a sacar a miles de personas a la calle su reivindicación.

Todo ello resulta inexplicable sin Urdangarín, sin Cristina, sin Corina, sin Juan Carlos, sus adláteres y su trayectoria, a la que ahora, desesperadamente, se vuelve a proteger con la cortina raída de aquel Golpe de Estado… Hasta los medios más fiables echan a la caldera en llamas agua bendita. Como si esto de lo que ahora hablamos no fuera, en el fondo y en sí mismo, un golpe al propio estado. Sin grandilocuencia ni mayúsculas: Urdangarín, Cristina, Corina y, sobre todo, Juan Carlos, sus adláteres y su trayectoria han hecho más por la III República que la nostalgia e incluso la razón. Y eso obliga a dudar de si se trata de algo razonable, salvo que baste la comparación…

Su ese fuera el caso, ¡adelante la tricolor! ¿Con qué objetivo? El símbolo está bien, el plan debe serotro.

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