«Dos vidas». Georg Maas y Judith Kaufmann, 2012

En todos los países que han tenido la desgracia de padecer dictaduras quedan secuelas muy graves y que difícilmente se borran con el simple paso del tiempo. Que nos lo cuenten a nosotros, que tenemos antepasados enterrados en cunetas, monumentos a sus asesinos y otras vergüenzas que esconder, mientras asistimos estupefactos al reverdecer de ciertas ideas esgrimidas sin rubor por los herederos del dictador. En el caso de Alemania, tras la dictadura nazi buena parte de ella sufrió la de un régimen que se decía comunista, antes de caer, como los demás, aunque llevando la mejor parte, bajo la actual dictadura del capital financiero. Pero esto último es otra historia.

La que cuenta Georg Maas en Dos vidas, donde ha tenido como correalizadora y coguionista a la directora de fotografía Judith Kaufmann, por lo decisivas que fueron al parecer sus opiniones sobre aspectos del rodaje que iban más allá de su función estricta, es también bastante complicada. Tras la caída del muro de Berlín, una familia noruega que lleva una existencia apacible recibe la inesperada visita de un joven abogado que pide a Katrine y a su anciana madre Ase que presten testimonio para poder plantear ante el Tribunal de Estrasburgo una demanda por acontecimientos ocurridos durante el régimen hitleriano y que desde entonces permanecen sin esclarecer.

 

Los nazis, por lo visto, fomentaron las relaciones entre sus soldados y jóvenes noruegas que consideraban étnicamente perfectas, para expandir la raza aria. Los niños producto de aquellos encuentros fueron llevados a Alemania, internados en orfanatos y educados en los principios del régimen, primero, y, tras la caída de este, en los del sistema comunista, por lo que algunos de ellos acabaron perteneciendo a la Stasi, la temible policía política del nuevo Estado, o ejerciendo labores de espionaje.

Otros en cambio, y Katrine pudo ser una de ellos, optaron por buscar a sus madres, escapando de Alemania entre grandes penalidades, en un intento de recomponer sus maltrechas vidas en condiciones muy diferentes. Por eso ante la llegada del abogado, la reacción de la familia es hermética, negándose a declarar quienes saben algo de ese pasado y hundiéndose en el desconcierto los demás, que ven cómo sus vidas se sumergen en un caos donde resulta difícil determinar quién miente. La insistencia del abogado y de la organización a la que pertenece aclarará algunos extremos de la turbia trama, pero no contribuirá a restablecer el orden perdido.

No cabe duda de que el argumento laboriosamente urdido por Georg Maas y Judith Kaufmann a partir de las informaciones proporcionadas por Hannelore Hipe en su obra original y al cabo de varios años de arduo trabajo y no menos difícil búsqueda de financiación, responde a hechos reales y merece el respeto al que se hace acreedor quien investiga en el pasado reciente para sacar a la luz sus infamias. Pero también es cierto que los cineastas han conferido a su película una complejidad que no ayuda a compartir sus investigaciones y que contiene algunas trampas y efectos de suspense y seudopoliciacos demasiado pueriles.

El afán de alterar los tiempos con insertos fugaces que despistan más de lo que explican –y menos mal que las diferentes texturas de las imágenes ayudan a no perderse por completo– añade aspereza al relato, de la misma manera que el tono de intriga que han querido imprimir al conjunto tiene altibajos y contradicciones que distraen la atención y acaban banalizando el fondo del asunto.

Así, entre vueltas y revueltas del guion, pistas convincentes que después resultan falsas, personajes que desempeñan un doble papel, sentimentalismos diversos en un contexto de horror que no necesitaba ningún énfasis y otros efectos narrativos y dramáticos de dudosa honestidad –la penosa escena del cochecito del bebé, por ejemplo–, el espectador acaba teniendo la sensación de que todo aquel asunto histórico fue extraordinariamente complicado, sin duda, pero de su tratamiento en Dos vidas, y con independencia de las intenciones de sus autores, puede extraer también la nebulosa idea de que más vale dejar la cosas como están y no revolver en el pasado. Justamente lo que desean los herederos de todas las dictaduras.

 

FICHA TÉCNICA

Título original: «Zwei Leben». Dirección: Georg Maas y Judith Kaufmann. Guion: Georg Maas, Christoph Tölle, Stale Stein Berg y Judith Kaufmann, sobre el relato de Hannelore Hippe, «Eiszeiten». Fotografía: Judith Kaufmann, en color. Montaje: Hansjörg Weissbrich. Música: Christoph M. Kaiser y Julian Maas. Intérpretes: Julianne Kohler (Katrine Evensen Myrdal), Liv Ullmann (Ase Evensen), Sven Nordin (Bjarte Myrdal), Ken Duken (Sven Solbach), Julia Bache-Wiig (Anne Myrdal), Rainer Bock (Hugo), Thomas Lawincky (Kahlmann), Klara Mansel (Katrine joven). Producción: Zinnober, B&T Film y Helgeland Film  (Alemania y Noruega, 2012). Duración: 95 minutos.

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