La huelga convocada por el 8M parece haber hecho caer en la cuenta a los periodistas de que una huelga es una huelga incluso para ellos.

Hasta ahora los periodistas nos sentíamos obligados a contar las huelgas que hacían otros para que la sociedad en su conjunto tuviera noticia del conflicto y de las reivindicaciones. Era, se decía, “la responsabilidad del periodista”; su compromiso.

Esta vez, algo ha cambiado.

Para empezar, la mayoría de las periodistas (nótese el femenino) que ha decidido secundar el paro se ha apuntado a la jornada completa de huelga y no a las dos horas sugeridas por el posibilismo sindical. En consecuencia han dejado sus puestos vacíos en las redacciones.

¿Lo han hecho porque otros cubrían sus puestos sin ser esquiroles? ¿Porque son mujeres y más lúcidas? ¿Porque había medios que deseaban significarse auspiciando la protesta? ¿Porque no eran previsibles represalias? ¿O porque este caso ha permitido una reflexión diferente?

Sea como fuere, lo cierto es que nunca una huelga minoritaria tuvo una repercusión tan extraordinaria.

Nos vemos en la próxima.

(Nota del autor: El 15–J de 1977, el día de las primeras elecciones democráticas tras la dictadura, el periódico en el que trabajaba no salió a la calle. Estábamos en huelga. No conseguimos demasiado, pero tampoco fue en vano. La ciudad supo de las condiciones laborales de quienes trabajaban en el periódico aperturista –así se decía en aquellos tiempos– de Salamanca.  Algunos tuvimos que cambiar de sitio. Luego vino lo de la “responsabilidad del periodista”).

 

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