La representación de una tragedia griega en el Teatro Romano de Mérida anuncia al espectador un placer multitudinario e íntimo. El espacio impresiona cada vez que se acude a él. El escenario sobrecoge. El lleno en las caveas y el graderío alegra. El espectáculo… depende.

Carme Portacelli asumió este año la dirección de la versión de Alberto Conejero de Las Troyanas, la obra original de Eurípides, el más terrenal de los tres grandes de la tragedia griega. Con un prólogo cargado de sugerencias y referencias intemporales, el montaje se sustenta sobre la reivindicación de la mujer como víctima principal de la guerra, por encima de los propios guerreros derrotados, porque su deviene ineludiblemente  en sometimiento y abuso; la estrecha relación entre los conflictos de la antigüedad y la modernidad (la guerra de Troya y la de Siria, por ejemplo) con sus efectos de exclusión y destierro; la conciencia de que en los conflicto bélicos los vencedores anuncian su derrota, al menos, de sus propios valores; la neutralidad es sumisión y hasta la dignidad desaparece.

Solo queda el desgarro de las mujeres troyanas. Un lamento rebelde que se transforma en grito. Si en el planteamiento del montaje emeritense radican los mejores logros de la puesta en escena, en esos estertores que a veces conmueven se ejemplifican algunos de sus problemas. Amplificado con tonos más metálicos que humanos el grito pierde la intensidad del desgarro que lo alienta.  La tensión trágica no se mantiene sobre un tono exageradamente agudo y reiterado que acalla matices más hondos que den valor al aullido de todas las troyanas y, en especia, al de Hécuba.

La versión de Conejero–Portacelli, escueta y lineal,  no está pensada para Mérida. Ese es uno de los problemas habituales del Festival. Muchos de los espectáculos que en él se representan han sido concebidos para otros espacios. El escenario romano reclama planteamientos bien distintos la presencia del coro. Los ajustes presupuestarios y la privatización de la actividades culturales invitan e incluso exigen esos despojos. Pero la grandeza de la tragedia se diluye.

El Teatro Romano de Mérida tiene su gloria y su cruz.

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