Me acompaña Leonard Cohen. Desde hace muchos años. Le descubrí, no recuerdo muy bien cómo ni por qué, con algunos de sus primeros discos. Alterné en aquellos tiempos tan lejanos su música y alguna de sus escritos. Recuerdo la primera novela, El juego favorito. Luego, Beautifull Losers… Pero la fascinación inevitable llegaba por otros caminos: Suzanne, Hallelujah. Había algo hipnótico en una música que proponía paisajes profundos, escondidos u oscuros, siempre en el territorio de lo íntimo y, a veces, de los místico.

th-1Firmé definitivamente mi compromiso para incluirle en la banda musical de la vida con I’m your man, donde descubría melodías que se hicieron repetidas e inolvidables: First we take Manhattan, Ain’t no cure for love, Every body knows… y siempre presente, desde entonces, Take this waltz , imprescindible por lo que fue y también por todos los que lo cantaron… Enrique Morente y Silvia Pérez Cruz entre otros, con Lorca dentro.

Y así desde entonces hasta aquí compartiendo estados de ánimo. Su último disco, You want it darker, preludio de un final inaplazable, llegó en un momento en el que la muerte se hizo ineludible. En Leonard Cohen encontré muchas veces la placidez que requiere lo irremediable. Pero también el sentimiento que da razón a la vida. Para los que aún guardamos esa expectativa.

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