En la literatura de Luis Landero todo parece familiar, sencillo, diáfano, cotidiano. Los asuntos, las palabras, la narración pertenecen a un territorio personal alejado de lo público en el sentido ideológico o político. No hay trampa: lo que parece natural o llano termina siendo de ese mismo modo, fiel al planteamiento original. No existen guiños de complicidad con el lector listillo ni artificios para justificar la doble lectura o la pirueta. Es lo que parece. Y por eso seduce o embelesa. Por su naturalidad, por su falta de artificio.

Así es Lluvia Fina (Tusquets 2019), su último libro. Una historia de familia, de confidencias cruzadas, de afectos y rencores recíprocos, de envidias y admiraciones contrapuestas, de habladurías y confesiones que convierten la confidencia en campo de batalla y arruinan la verdad y el cariño. Todo pudo empezar por un comentario, quizás precipitado, en ningún caso inocente. No, no cabe la inocencia. Landero lo advierte en la primera frase: “Los relatos no son inocentes, no del todo inocentes”.

Sin embargo, esa frase y esa novela surgen en un contexto histórico que enaltece la fabricación de relatos como instrumentos del afán hegemónico de unos pocos y la exclusión de muchos. Tiempo de medias verdades o de puras mentiras, en el que cada cual construye su narrativa ya sea en defensa propia o, a veces, sin necesidad de coartadas, en ataque directo contra el vecino. Todo empieza con un tuit, un discurso, una campaña electoral, un centro de amplificación de fake news, unos medios de comunicación afines a determinados grupos de poder… Y todo termina en la falta de conversación, en la incapacidad para distinguir lo verdadero de lo falso, lo honesto de lo conveniente.

Landero no se ocupa de esa realidad sobrevenida. Su Lluvia fina transcurre ajena a tamañas pretensiones, siempre fiel al terreno de la vida doméstica, del hombre o la mujer común, de la familia, de lo íntimo. De los dimes y diretes, de las insinuaciones y las preguntas que contienen respuestas como puñales, del diálogo coloquial en el que los interlocutores se superponen y entrelazan, de una narración a media voz que se desahoga en forma de aguacero.

En esa maraña coloquial y doméstica el autor muestra que no hay inocencia en la confidencia, en la revelación del secreto; tampoco, ingenuidad. Y que esa vida de dimes y diretes, que empezó como banalidad, anega la verdad y niega la convivencia. Una quiebra funesta.

Llegados a este punto, no cabe negar la metáfora. Pero terminada la lectura, solo queda la literatura. Así es Luis Landero.

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