«Techo y comida». Juan Miguel del Castillo, 2015  

Hay películas que, con independencia de su dimensión estrictamente cinematográfica o artística, deberían quedar en el recuerdo como aquellas placas que se adherían a las paredes indicando: «Hasta aquí llegó el agua en la inundación del año…». Techo y comida, primer largometraje del jerezano Juan Miguel del Castillo, responsable también del guion y el montaje, señala con nitidez y todo lujo de detalles hasta dónde llegan las consecuencias de la mal llamada crisis económica iniciada en 2008 y que en realidad ha acabado revelándose como una monumental estafa planetaria, de la que los poderosos están saliendo cada vez más ricos, mientras millones de personas ven recortados hasta lo inverosímil sus derechos más elementales, sin medios para sobrevivir en el maremágnum de abusos, engaños, corrupciones y otros trucos sucios que por fin revelan la auténtica cara de ese sistema feroz al que le dicen capitalismo.

La encargada de mostrarnos esas consecuencias sobre alguien normal y corriente es Rocío, la protagonista, espléndidamente interpretada por Natalia de Molina: una joven madre soltera, con un hijo de ochos años, que lleva más de tres en el paro y, a falta de cualquier protección o ayuda social, hace lo que puede repartiendo a veces octavillas por la calle, convertida en mujer-anuncio a cambio de un puñado de euros en negro, al servicio de un vendedor de oro de ocasión, producto seguramente de dolorosos empeños, que la explota sin compasión. Compasión que sí muestra, al menos en parte, la esposa del propietario del piso en el que todavía viven Rocío y su hijo Adrián, y que ya la ha denunciado para conseguir que la desahucien por impago. Aquí, en una pincelada reveladora de la perspectiva que adopta el filme, no se trata de ningún banco impersonal o promotor inmobiliario cruel, sino de otro pobre desgraciado, ya mayor, en paro y con hijos a los que alimentar.

Se podrá decir que Juan Miguel del Castillo ha acumulado en exceso sobre sus protagonistas todas las desgracias posibles, incluidas algunas que obligan a pensar sobre su origen, porque son consecuencia de esa situación y no producto de la mala suerte, como podría parecer en algún caso: los mareos del niño tienen que ver con su deficiente alimentación, de la misma manera que el incendio de la conexión eléctrica es resultado de una instalación clandestina, facilitada expresamente por la propietaria del piso de arriba, María, que es la única que practica cierta solidaridad, aunque disimulando, para que la destinataria de sus pequeños favores no se sienta humillada…

Ahí, en esos detalles captados como al azar pero rigurosamente elaborados, se desvela el espíritu que alienta la película: la vergüenza con que Rocío esconde el plato de croquetas que acaba de darle María, para que otras vecinas chismosas no adviertan su estado de carencia, o el pudor con el que se acerca a un banco de alimentos, siendo descubierta por otra conocida, al tiempo que se niega a compartir un desayuno con varias madres del colegio de Adrián, alegando una prisa que en realidad no tiene, sencillamente porque no dispone del dinero necesario para pagar su parte.

Sería interminable la enumeración de matices con los que la película se carga de densidad dramática de buena ley, sin sentimentalismos gratuitos ni alardes artificiosos –salvo, quizá, la pesadilla fugaz y metafórica de la madre, soñando que el casero le arrebata a su hijo– y que culminan con el magnífico plano en que Rocío y Adrián lloran abrazados en primer término, mientras al fondo una multitud celebra enardecida y olvidadiza un triunfo sonado de la selección española de fútbol, potente preludio de un final a la vez poético y atroz, que no debe ser desvelado pero que se remata con una pregunta directa desde la pantalla: «¿Y a ti, quién te rescata?».

Porque si la protagonista y su retoño carecen de lo más elemental para sobrevivir en esa jungla de intereses económicos, Juan Miguel del Castillo ha sabido elegir, del acervo del cine narrativo y de vocación realista, los elementos más sencillos para transmitir su grito de protesta contra una situación compartida por millones de seres humanos, aunque los gobernantes se empeñen en hablar de superación de la malhadada crisis y de una salida del túnel que más parece un embudo por el que solo escapan los potentados y sus cómplices políticos, mientras los demás pasan a engrosar aquel ejército de reserva de parados cada vez más baratos, del que ya hablaron los padres del marxismo a mediados del siglo XIX, que se dice pronto.

Techo y comida está rodada con la sobriedad de recursos que corresponde a su tema y su voluntad de denuncia –sin ayudas oficiales y gracias a cientos de pequeñas aportaciones–, con largos planos estáticos, pausados, que Natalia de Molina llena admirablemente, alternados mediante un montaje eficaz y casi invisible con otras tomas captadas con cámara móvil siguiendo a la protagonista, en un estilo que recuerda al de los hermanos Luc y Jean-Pierre Dardenne. Cine social y político para reflejar y denunciar situaciones absolutamente insoportables y, sin embargo, tan frecuentes, cotidianas y cercanas. Cine imprescindible que, como suele ser desgraciadamente habitual, no alcanzará la difusión y resonancia que a todas luces merece.

 

 

FICHA TÉCNICA

Dirección, Guion y Montaje: Juan Miguel del Castillo. Fotografía: Manuel Montero y Rodrigo Rezende, en color. Música: Daniel Quiñones y Miguel Carabante. Intérpretes: Natalia de Molina (Rocío), Jaime López (Adrián), Mariana Cordero (María), Gaspar Campuzano (Alfonso), Mercedes Hoyos (Antonia), Manuel Tallafé (Nacho), Natalia Roig (Belén), Montse Torrent (Ani). Producción: Diversa Audiovisual (España, 2015). Duración: 92 minutos.

 

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.