A Podemos le pirran los símbolos. Pablo Iglesias se apresuró a denominar la ley contra la violencia infantil que habrá de debatir el Parlamento como “Ley Rhodes”.

Tal vez convenga que esas denominaciones, en tanto que basadas en una aceptación popular mayoritaria, surjan desde abajo, que era algo en lo que creían otrora los propios podemitas. Ahora se sienten tan ungidos para legislar, con toda la razón, como para significar esos títulos en un exceso de entusiasmo.

Convendría mayor prudencia o menor protagonismo. Entre otras razones, para no manchar el valor simbólico que el pianista inglés/español ha alcanzado en España. No merece una polémica que no ha suscitado, pero tampoco un título que difiera de su propia ambición.

Por el mismo motivo cabe desear que a ningún dirigente público se le ocurra denominar “ley Montes” a la ley de eutanasia, aunque solo sea para no herir la sensibilidad de quienes no olvidan los postulados de aquel doctor vilipendiado por tantos. Su memoria merece mayor coherencia y ambición; no se manche, pues, su nombre y sus aspiraciones.

La ley de eutanasia es una consecuencia del derecho a la vida. Cada persona, que no pudo decidir sobre su existencia, debe tener derecho a decidir, siempre, sin necesidad de excusas, sobre su muerte digna. Si la ley ratificara ese derecho, esa norma, con apelativo o sin él, constituiría el mejor homenaje a quien tanto sufrió por defender el derecho a vivir dignamente. Por el momento, la realidad de lo que se propone está muy lejos.

Por eso, lo primero es la solvencia de la ley. Luego, la sociedad sabrá a quién agradecérsela.

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