El problema pudo empezar por el ministro que parece gilipollas.

El problemón se advierte cuando los ciudadanos, desde el Rey hasta el plebeyo, toda la clase política, las campañas electorales, las tertulias de cualquier pelaje y hasta las partidas de dominó acaban por convertir la gilipollez en el gran tema de debate.

¿Por qué una estupidez provoca mayor atención que una lucidez? ¿Por qué empeñarnos en analizar, lúcidos, lo estúpido?

A Wert…

A propósito de un despropósito se propone un análisis meritorio. Véase, por ejemplo, Españolizar ya lo hizo Franco… y fracasó, un trabajo periodístico de Luis Gómez en El País.

Es tan potente el poder de la gilipollez que al trabajo enuncia una conclusión discutible o, siquiera, matizable. Porque, si bien es cierto que de los datos y opiniones que se exponen, cabe deducir, como dice el subtítulo, que «la enseñanza en la escuela y el idioma no son los únicos medios ni los más poderosos para fomentar la identidad nacional», también se puede concluir con los mismos datos y opiniones, e incluso con la cadencia y la relación propuesta entre los unos y las otras, que «la enseñanza en la escuela y el idioma son medios poderosos para fomentar la identidad nacional».

Por eso, la gilipollez de necio acaba por confundir la reflexión de los lúcidos: negar la eficiencia nacionalista del régimen de Franco es obviamente puro voluntarismo. Otra cosa sería reconocerle un carácter imborrable o indeleble. En cualquier caso, ¿el nacionalismo español no es, todavía y en buena medida, fruto de aquella escuela?

La gilipollez confunde. ¿O no está claro?

 

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