Sorprende bastante –aunque quizá, pensándolo bien y con la perspectiva de unos días, no tanto– el revuelo que se ha organizado a propósito del excelente trabajo dirigido por Jordi Évole, Operación Palace, emitido precisamente en el aniversario del golpe de Estado del 23 de febrero de 1981.

Sorprende la cantidad de profesionales del periodismo, y bastantes de la vertiente audiovisual, que se han rasgado la vestiduras ante lo que consideran una amenaza a la ‘credibilidad’ del colectivo… ellos, que se ganan la vida manipulando imágenes sin escrúpulos, al servicio de los intereses de quienes les pagan.

Sorprende bastante la farisaica –o quizá simplemente ciega– hostilidad de quienes acusan a Évole de confundir humor e información, como si la información de que disfrutamos habitualmente en los grandes medios no fuera digna de una sonrisa conmiserativa, en vez de ese estúpido seguimiento borreguil al que aspiran los trileros de la comunicación.

Sorprende la irritación de muchos contertulios, opinadores a sueldo sin más principios que la cuenta corriente –suya o de los señores a los que sirven– ante el sistemático desmontaje de las supercherías que han aplicado Évole y sus colaboradores a cualquier intento de contar la ‘verdad’ con imágenes aparentemente irrefutables.

Sorprende también la contumacia con la que no pocos eruditos se han referido al juego radiofónico de Orson Welles en La guerra de los mundos como antecedente supremo que descalificaría la supuesta novedad de Operación Palace –novedad de la que nadie ha presumido, por otra parte– sin entender que aquel experimento fue puramente sonoro, y no audiovisual, que es la clave del asunto, puesto que el espectador tiende a ‘creer’ lo que le parece que ‘ve con sus propios ojos’, cuando se trata siempre –inevitablemente– de una elaboración, de una manipulación, voluntaria o no, que eso poco importa a estos efectos, desde que sabemos que las ideologías reaccionarias surgen ‘espontáneamente’ en la mente de sus defensores. («La realidad determina la conciencia», que dijo aquel viejo sabio a quien tantos se empeñan en considerar trasnochado, por la cuenta que les trae).

Pero sorprende todavía más que, entre quienes se supone que saben algo de estas cosas, muy pocos hayan citado otra producción del propio Welles más ajustada al caso (F for Fake / Fraude, 1972) y mucho más ilustrativa, y ninguno, que se sepa, se haya referido ni de oídas a los siete magníficos ‘documentales’ realizados por Basilio Martín Patino entre 1994 y 1996 para Canal Sur, bajo el título genérico de Andalucía, un siglo de fascinación, y profusamente comercializados después de su emisión en establecimientos especializados y hasta en grandes superficies. Siete creaciones espléndidas sobre otros tantos temas fundamentales de la historia y la cultura andaluzas, ficcionalizados por el cineasta sin explicar siquiera al final que se trataba de invenciones, lo que dio pie a no pocos equívocos durante los coloquios que siguieron a la emisión de cada capítulo. Y uno de ellos, Casas Viejas: el grito del sur, se refería nada menos que a la matanza de campesinos perpetrada en aquella localidad por las fuerzas del orden al servicio de la Segunda República, lo que lo acerca aún más al abordaje de asuntos históricos de gran trascendencia y dramatismo, como Operación Palace…

Quizá la clave de esa pavorosa ignorancia o ese vergonzoso olvido tenga algo que ver con el hecho de que el propio Martín Patino hizo decir al protagonista de otra de sus películas (Madrid, 1987), documentalista televisivo de profesión, una frase que sintetiza el núcleo mismo de la cuestión: que la sustancia de la imágenes audiovisuales no es nunca la verdad o la mentira, sino la fascinación que producen en quien las contempla.

Si estuviera esto claro de una vez por todas, si se enseñara a los niños en las escuelas, en vez de comerles el coco con fruslerías, nos evitaríamos tantos gravísimos equívocos que arrasan nuestras sociedades actuales, al amparo de la omnipresencia de unos medios audiovisuales aparentemente ‘objetivos’ y sustancialmente manipuladores.

Y no habría sido posible que un delincuente como Silvio Berlusconi llegase a primer ministro de un país teóricamente democrático por el mero hecho de ser dueño de varias cadenas de televisión. Y, entre nosotros, los dirigentes de comunidades autónomas como Madrid y Valencia no habrían gastado unos dineros que no tenían en poner en pie costosísimos aparatos de propaganda so pretexto de mantener a sus súbditos ‘bien’ informados. Y no estaríamos vendidos –desde el punto de vista informativo, de espectáculo y de entretenimiento– frente a los secuaces o imitadores del cavaliere. Y no asistiríamos día tras día al desmontaje calculado de la televisión pública estatal –iniciado por cierto, en nombre de la libertad de mercado y otras zarandajas, por una vicepresidenta de gobierno dizque socialista– porque maldita la falta que les hace a quienes mandan, teniendo como tienen a las privadas para cumplir de sobra esas funciones conformadoras de la mentalidad dominante.

Y, para remate de toda perplejidad, no tendríamos que soportar que el señorito Alfonso Guerra –casualmente, uno de los despistados participantes en aquel coloquio sobre Casas Viejas en Canal Sur– viniera a decir, por lo visto, que Operación Palace es «una payasada digna de Goebbels». Él, que fue lo más parecido a Goebbels –en versión bufa– en aquel partido rosáceo que aparentaba ser rojo. Lo que hay que oír, lo que hay que ver.

Lo había explicado ya, con lúcida socarronería, el mismo Basilio Martín Patino: «¿Falso documental? Pues perdón por la redundancia».

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