¿Alguien corrió demasiado al poner sobre la mesa el caso Pablo Casado junto al caso Cifuentes? Quizás no sean equiparables, pero juntos reparten enseñanzas aprovechables.

Por ejemplo, sobre las responsabilidades de la Universidad y de algunos de sus dirigentes, principales actores de la depravación del concepto “Universidad” y del valor de lo “público”. Sobre su soporte y ese prestigio se promovieron o ampararon chiringuitos particulares, como el master Cifuentes-Casado-Enrique Álvarez Conde y los sucesivos rectores.

¿Es ese el fondo de la cuestión, al que no son ajenos, sino colaboradores necesarios, algunos cargos que desde el poder los ampararon y protegieron?

Pablo Casado pagó por el título. Otros cobraron. De la responsabilidad de estos no caben dudas, de las del dirigente pepero tal vez haya que situarlas en el ámbito de la estética o la pragmática, dejando al margen el de la ética, aunque a veces se acuda a ellas para eludirla.

Cristina Cifuentes se aferró a los principios y rompió la nebulosa. Ahora, para ella, ya no cabe el beneplácito de la duda. Fue cómplice y no dudó en degradarse por un miserable título que convirtió en cuestión de honor. O sea, se puso en plan “rubia” y la cagó.

Lo corrobora el habitualmente moderado Fernando Vallespín con una reflexión que rebosa indignación: La presidenta y los hechos alternativos.

El País asegura que “El rector de la Universidad Juan Carlos I rompe el statu quo con sus antecesores”, pero caben muchas dudas al respecto. O, cuando menos, habrá que convenir que lo hizo demasiado tarde.

Su primera intervención, tras las noticias de la falsificación de la presidenta Cifuentes, resultó impropia de un rector universitario: la precipitación y la falta de rigor trataron de acallar la denuncia antes que identificar el problema y solo sirvieron para añadir leña al fuego.

El rector advirtió poco después los riesgos y trató de curarse en salud con una investigación interna que se desbocó cuando esta le espetó que, más allá de los efectos sobre la reputación de la Universidad o de sus predecesores, podía verse afectada la suya propia e incluso que él mismo podía acabar en un banquillo acusado de un delito penal.

Queda por dilucidar la conversación que siguió a la exclusiva de eldiario.es sobre el caso Cifuentes: la que mantuvieron, sin testigos ni cámaras, que se sepa, el rector y el director del máster. Y luego, la del director del máster con sus tres “discípulas” o, tal vez, con la única que atendió sus exigencias.

¿Serán ellas las paganas de los dislates de una Universidad desde hace mucho en entredicho? No se puede olvidar que todos los equipos rectorales de la Rey Juan Carlos se han ido sucediendo y encadenando bajo un único patrón: la fidelidad a sus predecesores para ejercer su poder sin remilgos. Su primera tarea siempre fue la de extender alfombras sobre la basura de sus protectores. La segunda, añadir desperdicios.

No se puede ignorar la inacción, masiva hasta ahora, del claustro frente al nepotismo y la selección de personal basada en afinidades ideológicas y clientelares del que, por ello, fue elevado a la condición de magistrado del Tribunal Supremo; frente al plagio compulsivo y el cinismo del sucesor, adalid de la artimañana y la complicidad con los medios de comunicación; frente al criterio de la herencia en la sucesión de los cargos, previo compromiso de encubrimiento. Por eso, en las últimas y no lejanas elecciones, la acción de unos pocos rebeldes fue acallada masivamente en las urnas.

¿A qué viene quejarse ahora?

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