Volvieron a medirse Pablo iglesias y Albert Rivera sobre el escenario elegido por Jordi Évole. Nada que ver con el primero.

Algunas conclusiones:

  1. En menos de ocho meses el interés por el debate ha decrecido de manera ostensible. La Sexta consiguió un resultado excelente para un programa de esas características: 18,2% de share (el porcentaje de espectadores que lo siguió con relación al total de los que veían la tele en aquellos momentos), pero muy lejos del 25,2% que siguió el primero en octubre del pasado año. El número total de espectadores ascendió en esta oportunidad  a 3,2 millones; el de hace ocho meses, a 5,2 millones. O sea, la segunda vuelta, menos de ocho meses después, perdió el 40% de los espectadores.
  2. El nuevo enfrentamiento fue fundamentalmente bronco, sin propuestas, sólo con reproches. Los que todavía hablan de nueva política deberían “hacérselo mirar”. Lo dijo el vicesecretario del PP, Javier Maroto, al comenzar el programa siguiente, El objetivo, de Ana Pastor.
  3. La valoración del debate va por barrios. Se echa un vistazo a los medios que lo analizan y a las encuestas que lo puntúan (no hay dudas sino certezas albanesas) y no se sabe qué es más cierto: si los medios condicionan a sus seguidores o los seguidores a los medios. Desde el punto de vista del periodismo plural, neutral, ansioso de independencia, una enmienda de realidad; como dijo el otro, pocas bromas.
  4. Una valoración estrictamente personal. Albert Rivera, dando la cara contra el papel de Podemos en la anterior y efímera legislatura, le hizo un favor al PSOE, si no fuera porque el apoyo llega de la derecha, que consuela poco desde el punto de vista del PSOE. Por su parte, Pablo Iglesias, dando pábulo a quienes le critican de arrogante e intransigente, hizo el favor al PP, si no fuera porque los votantes populares no estaban, a buen seguro, ante el televisor.
  5. El programa tuvo mejor intención que resultado, el tono se impuso al contenido, el modelo de televisión imperante goleó a la pretendida confrontación de ideas, los abanderados del debate político acabaron agraviarlo. Vendrán cosas peores.

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