Persiguen a Fran Llorente y a su equipo porque les molesta la información. Despotrican de los telediarios de TVE porque odian el ejercicio libre del periodismo. Acusan de parcialidad y animadversión a los noticiarios de la televisión pública porque anteponen sus intereses particulares y porque abogan por la tergiversación y la censura, legítimas siempre que, a su propio entender, les beneficien. No hay otra.
Nunca un partido en la oposición disfrutó durante un periodo así de largo, ocho años consecutivos, de una información tan neutral en la radiotelevisión sufragada por todos los españoles. Pese a ello, convirtieron al equipo informativo de la cadena en el blanco directo de su ira y de sus vilipendios.
Al principio parecían interpretar el soniquete que correspondía a cualquier partido ubicado en la oposición, siempre, hasta entonces, desatendido o despreciado por los medios oficiales. Era una cantinela que se asumía porque nadie daba por supuesto que los tics de la manipulación pudieran cambiar.
Sin embargo, pronto se advirtió que la televisión pública estaba dispuesta a demostrar que la lacra, aunque implantada desde el origen, no era genética. Entonces los opositores se enrocaron, tal vez para no conceder a los gobernantes el valor y la decencia del cambio que habían propiciado y en el que la propia oposición había participado. Amainaron en una fase posterior para no excluirse a sí mismos de un mérito tan democrático y retiraron a los portavoces más proclives al exabrupto. Sin embargo, cuando el reconocimiento social del equilibrio informativo se generalizaba, regresaron a la bronca para acallar los casos de corrupción que afloraban y que les implicaban. El mensajero se convirtió en el auténtico enemigo.
Más corrupción en el PP, más denuestos en el Parlamento, en los medios afines, en cualquier parte, aun a riesgo de que algunos profesionales próximos les afearan un comportamiento tan falaz. Incapaces de enfrentarse a una redacción que había adquirido instrumentos de defensa frente a cualquier intento de manipulación, responsabilizaron al director de informativos. Pura estratagema, porque los espectadores no entienden de estatutos de redacción y otros detalles sustantivos que avalaban un cambio implantado con perspectiva de futuro.
Y así siguieron y así han seguido. Mientras, quienes representaban al gobierno se afanaban no tanto en defender el valor democrático del ejercicio del periodismo como en proclamar con ocasión o sin ella su aportación a la neutralidad, a la supresión del tufo gubernamental. Lo hacían en público, aunque, a escondidas, muchos de ellos acudían a sus órganos superiores e incluso al propio presidente del ejecutivo para quejarse de que no se pregonaran las hazañas propias y se minimizara el castigo al adversario. Protestaban por la crítica que asomaba en algunas informaciones o por la negativa de los responsables de la redacción a que fueran sus gabinetes de comunicación, e incluso algún ministro en persona, quienes marcaran los criterios informativos.
Las loas acríticas se enfrentaban al repudio desleal y, aunque la valoración ciudadana de los informativos se mantuvo e incluso aumentó, la disputa política en torno a ellos se interiorizó como un adherido que manchaba el paisaje de la televisión pública, que emborronaba su actividad o distraía y, sobre todo, impedía avanzar hacia un periodismo capaz de atender exclusivamente a los derechos y los intereses de los ciudadanos, libre de la obsesión, aunque de reojo, por el juicio de los partidos o las instancias políticas a cada paso.
La neutralidad se convertía en ese contexto el gran valor al alcance de los profesionales, aunque para evaluarla se midiera en minutos y segundos, aunque el criterio obligatorio se fijara en la proporcionalidad con el número de votos habidos o de escaños conseguidos, lo que abocaba a la sucesión de testimonios contrapuestos como aval del pluralismo.
Y ahí encalló el proceso. Se conquistó la neutralidad y se avanzó en independencia mucho más de lo previsto. Sin embargo, el ejercicio del periodismo, en pleno proceso de deterioro en los medios privados, chocó contra el muro de la Junta electoral y, sobre todo, de los representantes políticos. Porque en ese aspecto, aunque no se dijera, existía unanimidad.
No, los partidos (¿se acepta alguna excepción?) no aceptan los principios básicos del periodismo. Por ejemplo, que ni la realidad es neutral ni el rigor y la veracidad se consiguen mediante fórmulas de sumas, restas y divisiones que contenten a todos a cada rato. La realidad que importa es, muchas veces, áspera y su relato sólo puede hacerse con sentido crítico.
Hasta ahí no fue posible llegar. Y quizás ya no lo sea nunca en los medios públicos (de los privados, mejor no hablar). Al menos, resulta impensable en este tiempo en el que se proclama con aspavientos la animadversión al mensajero que sólo quiso ser imparcial. Y eso que costó sangre, sudor y, tal vez también, alguna lágrima.

Un abrazo, Fran. Para todos los que han colaborado lealmente contigo. Me hubiera gustado llegar más lejos, pero quizás un paso más habría acabado con vuestro aliento y, tal vez, con esa base imprescindible de independencia que habéis alcanzado: no ser siervos de nadie después de tanta esclavitud soportada con complicidad o de buen grado. No es poco mérito. Al contrario. Requiere un reconocimiento público que afortunadamente, aunque de modo parcial, también habéis encontrado.

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