Apenas unos días después de su nombramiento como ministro de Educación, Íñigo Méndez de Vigo se reconoció ferviente seguidor de Cine de Barrio. Y para que no cupiera la menor duda, solicitó participar en el especial que conmemoró el vigesimoquinto aniversario del programa. No sorprendió. Cabía temerlo. Su afición se correspondía a pies juntillas con el talante del gobierno al que se había incorporado y al partido en el que militaba. A Méndez de Vigo no le define el engominado brillante de su cabellera ni los modales de hombre presumido y viajado; su facha pertenece a la caspa.

Por el contrario, sorprendió, porque no cabía esperar una declaración tan entusiástica, la confesión de Pablo Iglesias como admirador y propagandista de Operación Triunfo. Para el secretario general de Podemos la última edición de OT ha llevado a la pantalla la muestra exacta de una juventud inquieta, solidaria y atenta a su entorno; normal y sensata. Por todo ello, concluía, “más Operación Triunfo y menos telediarios” para conocer el país y construir, que de eso se trata, la ansiada hegemonía a partir de la proyección de un relato funcional e ilusionante con el que conseguir la adhesión de la gente.

¿Qué ha tenido la última edición de OT para merecer el aplauso entusiasta de la nueva izquierda? ¿La presencia de unos jóvenes con formación musical que han reflejado la realidad de la generación a la que pertenecen? Podría ser. Aunque para establecer la representatividad de la muestra, bastaría con saber cuántos jóvenes acceden a una formación musical avanzada en España.

En todo caso los seguidores del talent show en cuestión han asistido a un espectáculo en el que unos chicos, muy jóvenes, con conocimientos musicales y, en varios casos, con evidentes aptitudes para la interpretación, eran obligados a convivir durante tres meses bajo la vigilancia permanente de las cámaras en una supuesta academia donde la formación se supeditaba a la función semanal, siempre atenta a los intereses de la audiencia y a los de una multinacional discográfica concesionaria de los derechos de sus alumnos y supervisora de sus carreras en aras del show bussiness.

Desde unas empresas con evidentes intereses económicos y con la colaboración de la televisión publica estatal se ha tratado de sustentar el negocio de la productora y la discográfica mediante la grabación de discos, la organización de giras musicales, la gestión de los derechos de los intérpretes y la orientación de sus carreras, del sometimiento de la intimidad de los jóvenes a los intereses comerciales y el diseño de un sistema de competición perfectamente manipulable (el de las votaciones de las galas decisivas), adobado, todo ello, con coreografías en muchos casos denigrantes –sobre todo, en los papeles femeninos– y con comentarios tan banales como empalagosos.

Sin embargo, Pablo Iglesias tenía razón cuando elogiaba a los participantes del concurso. Algunos demostraron excelentes condiciones para la interpretación y la música. Eso mismo ya ocurrió con Rosa, la primera ganadora de OT e invitada a la gala final de la nueva edición. Todo lo que vino después de su aparente éxito y de su participación en Eurovisión puso de manifiesto el objetivo primordial de aquel programa acogido con inigualable entusiasmo: el puro negocio rápido. A ese único objetivo se sometió no solo la calidad vocal de Rosa e incluso su propia estabilidad personal, abducida por el espejismo de una fama que desborda lo musical mediante el efecto batidora de los realities.

Ese es el riesgo e incluso, si se afina, el propósito de OT: situar a unos chicos perfectamente manipulables bajo las normas de una sociedad que niega otra mirada sobre la cultura ajena al lucro.

La última edición lo ha ratificado. La candidatura de Amaia para representar a RTVE en Eurovisión fue despreciada sin pudor por las votaciones. Una intérprete con cualidades excepcionales y la cuidada y simbólica canción de Rozalén fracasaron con estrépito frente a la ñoña balada que glosaba el amor del dueto ganador, alimentado entre las bambalinas del programa bajo la supervisión del ojo del gran hermano.

Por eso hay que tener cuidad a la hora de proponer ejemplos.

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