No se enteran.

Acude el presidente de RTVE, interino y en funciones (sin poder, aunque con el instante de gloria que había ansiado, suplicado, relamido durante estos cinco años y pico), y anuncia ante sus señorías parlamentarias la intemerata.

Ale hop!

Fuera Clan, Teledeporte, Águila Roja, la Champions, buena parte del 24H y yo qué sé…

Vamos a ver. Con mil millones de euros –suprimidos, pues, los 200 de los recortes planteados por el Gobierno–, el presupuesto de RTVE seguiría siendo claramente superior al de Antena3, Telecinco y todas las demás cadenas.

¿Entonces? Ah, bueno: es que RTVE, aparte de TVE, suma RNE, los interactivos, el Instituto, la Orquesta…  ¿Qué es de todo ello imprescindible? ¿En qué manera lo es?

Hay más. Por ejemplo, una plantilla numerosa que absorbe buena parte de los fondos y que tiene, sólo faltaba, derechos.

Nadie se atreve a plantear un nuevo modelo de producción, eficiencia, flexibilidad, productividad y, en todo caso, un reajuste de plantilla ahora que la iracunda y despreciable reforma laboral quizás lo admita, porque, sin pretenderlo, los peores males a veces pueden ofrecer algún resquicio de remedio.

¿Entonces? No, eso no.

Si a RTVE se la limpiara de rémoras e incluso maleantes, si se establecieran nuevos criterios de producción y si se dejara a los más capaces el gobierno de la actividad… tal vez pudiera hacerse un plan de viabilidad y competencia para llegar a unos costes incluso por debajo de los que ahora se establecen. Una necesidad al margen de la crisis, aunque imprescindible una vez enfangados en ella.

Para eso habría que limpiar y saber. Habría que respetar al ciudadano y no birlarle los derechos a una información y un entretenimiento dignos, que otros no garantizan.  Y habría que reiterar ese respeto exigiendo que los trabajadores a su servicio rindan a un ritmo y una productividad similar a los que se exigen a quienes les pagan.

De todo esto, ni media palabra.

O sea, que no caben remedios. Unos, porque la crisis es la coartada perfecta: sin meterse en líos, entregan la televisión pública al desguace para mayor lucro de los operadores privados (que, según el ministro de Hacienda, están fatal, aunque sigan ganando a espuertas y despidiendo empleados sin miramientos). Y otros, porque nunca han trabajado por una RTVE eficiente y, de ese modo, han acabado mostrándola como una rémora para toda la sociedad.

Era lo previsible, sobre todo, desde que se habló de un nuevo sistema de financiación: plegarse a la presión de los operadores privados, relegar a los públicos mediante la pérdida de influencia y crédito social, y confundir una vez más los derechos ciudadanos con el negocio. Incluso antes, desde que por razones políticas y no económicas (la vicepresidenta contra el vicepresidente), se agostó el plan de una nueva sede para revolucionar el orden consagrado.

La van a matar y no saben que ellos son los verdugos. Y cuando se vieron con la capucha y el hacha acudieron a lavarse las manos.

 

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