LEYES INJUSTAS

Estado norteamericano de Virginia, 1958. Richard Loving y Mildred están enamorados. El es blanco, casi albino, y ella negra. Cuando Mildred queda embarazada, deciden casarse, aunque para ello tengan que viajar a otro Estado, porque en el suyo están drásticamente prohibidos los matrimonios interraciales. No se sabe si por falta de recursos o por obstinación, ya que no por ignorancia, regresan a su lugar de origen, donde muy pronto serán detenidos, sometidos a duros interrogatorios y finalmente condenados a un nuevo destierro por el tribunal del condado.

Comienza así una tensa peripecia en la que la pareja, que llega a tener hasta tres hijos, se ve sometida a difíciles condiciones de vida, soñando siempre con volver a su tierra y teniendo que hacer frente a la incomprensión de algún miembro de sus familias. Cuando dos abogados pertenecientes a una asociación de defensa de los derechos civiles se ofrecen a llevar su caso, Richard se muestra reticente y Mildred, como casi siempre, secunda la opinión de su marido, aunque en ocasiones le lleva la contraria, animándolo a tomar decisiones en beneficio de ambos.

Los letrados han concebido la idea de llevar el asunto hasta el Tribunal Supremo, porque así la nueva sentencia, caso de ser favorable, podría extenderse a otros Estados y poner fin a una de las normas más retrógradas impuestas a la sociedad estadounidense, en plena mitad del siglo XX, por motivos tradicionales pero en el fondo, también, por la presión de grupos religiosos que pretenden apoyar su convicción en la Biblia.

Ocurre, sin embargo, que ha transcurrido con creces el plazo para una posible apelación al primer dictamen judicial y los abogados sugieren a la pareja que deberían regresar a Virginia, dejarse detener otra vez y dar pie así a un nuevo procedimiento que les permitiera llevar a cabo su plan, con las previsibles consecuencias para la historia de las libertades en todo el país. De hecho esa ley tan injusta siguió vigente en Virginia hasta 1967 y en otros Estados, al parecer, hasta el año 2000, nada menos.

Inspirándose parcialmente en el documental The Loving Story, producido por la cadena HBO, dirigido por Nancy Buirski en 2011 y basado a su vez en hechos y personajes reales, el joven cineasta de Arkansas Jeff Nichols, autor hasta ahora de cinco largometrajes de ficción –Shotgun Stories (2007), Take Shelter (2011), Mud (2012), Midnight Special (2016) y el que nos ocupa–, pone en pantalla una narración tersa, serena, de corte clásico, sin alardes visuales ni sonoros, aunque con alguna secuencia reiterativa o demasiado vacía de contenido, lo que explicaría, sin justificarla, la duración quizás excesiva de la obra.

Tiempos relativamente muertos y silencios prolongados se convierten, en efecto, en señas de identidad de esta película, apoyados unos y otros en la expresividad extraordinariamente contenida del actor Joel Edgerton en su papel de Richard y en el dulce sometimiento de Mildred, interpretada con acierto por la actriz Ruth Negga y dolorosamente acorde con lo que se supone eran las actitudes femeninas en la época, al menos en tales ambientes.

El conjunto destaca así, aparte de por su valor testimonial sobre unas circunstancias cruciales en la historia de los Estados Unidos, en una sugerente invitación a reflexionar sobre el papel y la caducidad de ciertas leyes

represivas. Habría que intentar romper de una vez el mantra de los grupos de poder que sostienen como norma suprema que «las leyes están para cumplirlas», cuando estas favorecen a sus intereses, y proponer que «las leyes (algunas por lo menos) están para cambiarlas». En la práctica, ellos mismos lo hacen, pero no para modernizarlas, sino para hacer de ellas meros instrumentos de represión y pérdida de derechos ya adquiridos tras largas luchas, como bien sabemos en España tras la promulgación de normas como la Ley de Seguridad Ciudadana, llamada con toda justicia «ley mordaza», y tantas otras disposiciones, o como estamos viendo ahora mismo –y lo que nos queda por ver, desgraciadamente–, en los propios Estados Unidos.

 

FICHA TÉCNICA

Dirección y Guion: Jeff Nichols. Fotografía: Adam Stone, en color. Montaje: Julie Monroe. Música: David Wingo. Intérpretes: Joel Edgerton (Richard), Ruth Negga (Mildred), Marton Csokas (sheriff Brooks), Nick Kroll (Bernie Cohen), John Bass (Phil Hirschkop), Christopher Mann (Theoliver), Michael Shannon (Grey Villet), Alano Miller (Raymond). Producción: Raindog Films y Big Beach Films (Reino Unido y Estados Unidos, 2016). Duración: 123 minutos.

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